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De  la merecida, o no, fama de los chinos de ser poco cuidadosos con la limpieza, Hong-Kong es una excepción. Sus calles y jardines presentan un aspecto extraordinariamente limpio, pulcro diría yo. Tirar un papel al suelo, o a la bahía, o una simple colilla, supone una severa amonestación seguida de la correspondiente multa; de hecho, no he visto a nadie hacerlo. Regularmente, limpian las aguas de la bahía, y pueden verse  grupos de hombres y mujeres, uniformados con batas de tela color claro, repartidos por la isla limpiando calles, plazas, jardines, carreteras y montes; son los presos en horario de trabajo.

-¿No teméis que se escapen? –preguntó Alonso extrañado.

-No, están vigilados. Además, ¿adónde van a ir? Si escaparan a China –seguía llamándola así como si Hong Kong no fuese china, como si continuara siendo colonia británica- lo iban a pasar mal, les tratarían bastante peor que aquí. Y por mar… ¿cómo van a huir por mar?; el Mar De China es muy peligroso. No, no tenemos miedo de que se escapen. Y así en lugar de comer gratis, pagan sus faltas con trabajos para la comunidad.


             Llama la atención el número de vallas metálicas apiladas que se ven en las confluencias de las calles de la Isla. Nuestra simpática guía, adelantándose como siempre a nuestras preguntas, dijo:

-Esas vallas están ahí permanentemente, se despliegan cuando hace falta para dirigir el flujo de peatones. Sobre todo cuando vienen los chinitos; son tantos….

Esa forma que usan los nacidos en la antigua colonia para referirse a sus paisanos del continente es muy curiosa. Siendo nacida en Hong Kong, Sonia seguía sintiéndose más  británica que china, no se consideraba a sí misma chinita. Chinitos eran los otros, sus hermanos de raza, los del continente; ella era muy distinta.

 

 

Mi maleta había sido extraviada en el aeropuerto de Londres. Y a pesar de tener ropa suficiente en la bolsa de mano como para un par de días, aproveché la ocasión para vivir un día de tiendas en Hong Kong.

La isla de Hong-Kong  poco o nada tiene que ver con aquella oscura ciudad sucia y tenebrosa que se nos mostraba en la mayoría de las películas de intriga. En ellas aparecía como una sucesión de callejuelas en las que el peligro rezumaba por las alcantarillas, y donde, a la vuelta de cada esquina, aparecía un nido de escolopendras con apariencia de chinos. Nada más lejos de la realidad: elegantes barrios como Central y calles como Connaught o Causeway aparecen repletas de tiendas de las marcas más exclusivas mostrando sin ambages el sumum del lujo. Escaparates como los de Rólex o Cartier no se conforman con exponer sus prestigiosos relojes tal y como todo el mundo los conoce sino que parecen competir entre ellos con orlas de brillantes y rubíes con las que atraer la mirada de futuros compradores millonarios. Prestigiosas casas como las de  Dior, Louis Vuitton, Escada, Chanel, dedican sus carísimos metros cuadrados de escaparate a exponer, de forma minimalista, un solo artículo: el último modelo dado a conocer en petit comité y del que sólo han fabricado x piezas para complacer a sus clientas más exigentes.
Pero sin duda, el escaparate más impactante que vi aquel día fue el de Manolo Blahnik en un centro comercial de Causeway. Lo expuesto tras las lunas de cristal no eran simples zapatos, botas o sandalias, lo que exponía con humildad de zapatero eran verdaderas esculturas, auténticas obras de arte de estilizados tacones que, aunque parezca increíble, nos permiten andar por las alturas sin cansarnos (al tiempo que suben la moral de las más bajitas). Una de esas obras (pueden llamarse así), en particular, se me quedó grabada: un par de botas de caña alta y tacón de aguja ¡hechas en blonda negra! increíblemente bellas.
Y, para dar un poco de sosiego y tranquilidad al abatido bolsillo: en algunas tiendas, como Todds, los precios resultaban bastante más convincentes para los europeos que los de algunas de nuestras ciudades más importantes.
 9. Medusas, un manjar para el hambre
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Tag(s) : #Compras

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