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A Myanmar. Mandalay1

Era tal la cantidad de gente congregada en la sala de espera que parecía imposible que fueran las cinco de la madrugada. Con la cesta de hojas trenzadas del hotel sobre mis rodillas, hurgaba en su interior tratando de encontrar algo de fruta fresca; pero sólo había agua, cruasanes, huevos duros, zumos y yogures. Devoré casi todo excepto los huevos duros. Me recordaban mi primera noche en el expreso Madrid-París: el fétido olor a huevos podridos que se extendió por el vagón a raíz de la cena de un vecino de litera. Por eso cuando vi a Ma Lo zamparse los huevos de camino a la papelera para depositar la cesta, rogué por todos sus nats –espíritus birmanos- que su asiento durante el vuelo no estuviera pegado al mío.

 Una densa bruma agrisaba la ciudad y matizaba la luz del sol, que como una perla apagada brillaba en lo alto con claridad difusa. Las casas se aplanaban sobre una cuadrícula de calles, que partiendo del foso que bordea el recinto palaciego se extienden según los puntos cardinales, salvo al norte que es donde se alza la colina Mandalay; con medida cautela, asomaban a la ribera este del Ayeyarwady.

Aunque concebido por un devoto del budismo, el recinto palaciego de la ciudad de Mandalay sirvió de crisol para traiciones y crímenes, amores incestuosos y la ambición desmedida de una reina insaciable. A modo de Ciudad Prohibida, el rey Mindon Min hizo levantar en él numerosos palacios de madera; algunos traídos de Amarapura, la anterior capital. Sus mujeres, que se contaban por decenas, y sus respectivos hijos e hijas vivían protegidas por una extensa muralla, sobre la que se alzaban torres vigía, cuyos techos alados se alargaban, desdoblándose, espejados en las aguas del foso que las aislaba del mundo. Así, mientras el rey Mindon repartía su tiempo en acciones budistas –Kutodaw Paya, Shwedagon Paya- y responsabilidades de gobierno, empeñado en modernizar el país y en defenderlo del afán expansivo de los británicos -ya  ocupaban Yangon-,  la vida para su familia transcurría volcada en sí misma; un ambiente cerrado, caldo de cultivo de intrigas y delirios de poder. Y en ese ambiente claustral, nació el amor infantil entre el príncipe Thibaw y su hermanastra Su Payar Lat.

El sentimiento entre hermanos creció entretejido con la ilimitada ambición de una reina secundaria, madre de Su Payar Lat, a quien la ausencia de hijos varones unida al pesar porque su futuro yerno, Thibaw, ocupase uno de los últimos lugares en la línea sucesoria al trono de Myanmar, espoleó su imaginación cuyo único fin era el de conseguir que, de una forma u otra, su sangre corriese por las venas del  duodécimo rey de la dinastía Konbaung. Así, cuando el rey Mindon Min cayó enfermo Hsin Hpyu Ma Shin, que es como se llamaba esta reina, se hizo cargo de su cuidado llevándolo a su palacio. Inmediatamente fue llamando a los demás pretendientes al trono haciéndoles creer que el rey, moribundo, reclamaba su presencia…y… Lo cierto es que uno a uno, excepto Thibaw, todos los príncipes con derecho a suceder a Mindon Min perecieron en diferentes circunstancias.

El príncipe Thibaw se convirtió en rey con sólo 16 años.

De esta forma, la reina secundaria Hsin Hpyu Ma Shin consiguió convertirse en madre de reina. Pero no sólo de una reina sino de dos: Thibaw además de casarse con Su Payar Lat también desposó a su hermana Su Payar Gyi.

Thibaw reinó. Su Payar Lat gobernaba.

Era el año 1885 -sólo habían pasado cuatro años desde que Thibaw subiera al trono-  cuando sucedió algo, aparentemente sin importancia, que cambió el rumbo de la historia de Myanmar y acabó con su independencia: El transporte de troncos de teca, que bajaban por el río Ayeyarwady desde los bosques del norte hasta Yangon, debía satisfacer el pago de tasas al rey birmano a su paso por Mandalay. Los transportistas madereros británicos comenzaron a enviar los troncos cortados para así burlar el pago; pero la argucia no les sirvió y el rey ordenó una represión contra ellos. De todas las respuestas que cabía esperar, el gobierno británico eligió la más contundente: formó un ejercito imbatible –además de desprevenido, el ejército birmano era anticuado y estaba escaso de soldados- e invadió Mandalay. El pueblo birmano veía consternado cómo sacaban a la familia real de su palacio y cómo, custodiada por soldados británicos, atravesaba la ciudad en carros camino del exilio.

De camino a Madrás, todavía el rey Thibaw sufriría una expoliación más: Un solícito funcionario, el coronel Sladen, encargado por el gobierno británico de facilitar la partida a la familia real, se ofreció a transportar el Nga Mauk -un rubí de 98 quilates, el más grande y perfecto jamás hallado, pieza emblemática del tesoro real birmano- alegando que estaría más seguro bajo su custodia. En su situación ¿podía el rey oponerse? Sladen nunca devolvió el rubí. Con él en su poder volvió a Inglaterra. En una visita que el rey Jorge VI hizo a la India, Thibaw (le constaba que Sladen había cedido el rubí a la corona inglesa) le pidió que le devolviera la piedra. Sólo consiguió, como era de esperar, una flemática respuesta.

En cuanto al recinto palaciego construido por Mindon, sirvió para instalar dependencias del gobierno colonial así como un club para británicos. Años después, todo rastro de pisadas enemigas quedó oculto entre cenizas, porque ése fue su final: sus hermosos palacios de teca, bellamente ornamentados, convertidos en piras aladas, ardiendo como yescas por un vómito de bombas de una guerra que no era la suya, la Segunda Guerra Mundial.

-Un único palacio se salvó del incendio –dijo Ma Lo señalando un lugar determinado allá abajo-. No ardió porque se hallaba fuera del recinto palaciego: Thibaw lo había mandado sacar. En él vivió el rey Mindon sus últimos años.

La bruma se había desvanecido y, desde lo alto de la colina, se distinguía un cuadrilátero rodeado por un foso que era como un río plateado y rectilíneo; dentro todo era oscuro.

A Myanmar. Mandalay3

7. Cuando un monje no sonríe

Tag(s) : #Histórico

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