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A Myanmar. Amarapura11

 

 

Desde la ladera hasta la llanura, entre la verde espesura brillante por el sol, surgían como campanillas silvestres blancas y amarillas las estupas de las pagodas y, delatando la presencia de algún monasterio, elegantes pináculos escalonados, rojos y dorados, remataban sus tejados superpuestos, semiocultos por los árboles, dando al conjunto ese aire inocente que tanto buscamos, que nos lleva a alejarnos de nuestras cómodas ciudades.

  Incluso desde la distancia se podían apreciar el silencio y la paz de aquellos espacios de meditación apenas salidos de la luz anodina de una mañana brumosa. Animados por Ma Lo descendimos la colina, dejamos atrás la ciudad de Mandalay y salimos hacia un lugar al que todos los turistas acuden con la certeza de que, en él, podrán captar esas imágenes románticas de las que todos hablan, aunque sólo algunos conozcan por foto o referencias de amigos. Hay quien se lleva una gran decepción al comprobar que (como él) otros turistas que se han acercado con la esperanza de arrancar una sonrisa al impasible rostro de un monje budista, no lo han conseguido. Esto no es posible, por supuesto, porque, en la práctica de la concentración budista, los que pasamos por su lado no somos más que una sombra que no inspira sentimiento alguno. Y cuando los 2000 internos –entre monjes y novicios- de Mahagandayon Kyaung acuden en filas con   sus cuencos, o thabreiq, para recibir la única comida del día, no se molestan con los turistas que disparan sus cámaras con insolencia, como tampoco agradecen a los devotos donantes la ofrenda de comida, el soon, que les han llevado gracias a la cual superviven.

Horas antes de ese momento, Mahagandayon Kyaung, gobernado por un profundo silencio, tenía el encanto de un pequeño poblado de calles estrechas y polvorientas flanqueadas por modestas construcciones de madera. Los jóvenes monjes descansando en el interior oscuro y quieto de sus barracones, al fresco de una ventana semiabierta; el lavadero comunal, sobre cuyos muros flotaban hábitos, momentáneamente abandonados, como banderolas carmesíes de un cuadro surrealista, mientras sus jóvenes dueños se aseaban sin otra intimidad que la ausencia de interés por los demás; los perros enfermos, cojos, sarnosos y moribundos, que enroscados como caracolas permanecían sumidos en un perezoso abandono en mitad de la calle; incluso el silencioso trajín de los donantes preparando la comida, todo me parecía atractivo, con el hechizo ensoñador que uno hubiese podido imaginar.

A Myanmar. Amarapura4El caso es que cuando en un escenario así irrumpen otros que no son los actores verdaderos, parte de la magia se nos escapa tontamente como agua entre los dedos, quisiéramos disfrutarlo en soledad, pero sólo en ocasiones extraordinarias podemos inhibirnos del efecto bipolar y contradictorio del turismo. Por fortuna (más bien gracias a la agencia que nos facilitó las cosas en Myanmar, otra vez la contradicción) aquella misma noche tendríamos ocasión de vivir una experiencia intemporal en la única compañía de sus legítimos moradores.

De vuelta a la ciudad, entramos a una zona ajardinada con amplios paseos donde apenas había movimiento salvo la repentina y fulgurante aparición de una pequeña comitiva, la del ministro chino de la guerra de visita en Mandalay (nos alojábamos en el mismo hotel Sedona) que, con el revuelo que conlleva la aparición de un personaje importante,  aparcó aparatosamente sus coches a la entrada de Kuthodaw Paya. Tras la verja de hierro, varias filas de estupas desplegadas en filas en torno a un núcleo central, blancas como pequeños montículos de nieve apelmazada, guardaban las 729 páginas del Tripitaka, colección de libros sagrados que el rey Mindon mandara grabar en losas de mármol.

A Myanmar (Mandalay)2-Se necesitaron seis meses –comentó Ma Lo- para que  los monjes pudieran leerlos todos sin hacer ningún descanso.

Empecé a sentir una especie de agotamiento ante la interminable lista de templos donde, además, en algunos, no se permite a las mujeres acercarse a la imagen de Buda (¡oh, novedad!), tal es el caso del Mahamuni -una imagen del siglo I que los devotos fueron cubriendo de oro hasta deformar por completo sus formas primitivas- al que mientras los hombres lo tocan, acarician, pulen su oro y depositan sobre su cuerpo más y más láminas de pan de oro, las mujeres lo contemplan desde un nivel inferior.

Cuando llegó la noche volvimos a la colina. En lugar de ascender, nos internamos en el bosque sombrío de la ladera hasta llegar a A. K. (reservo el nombre para respetar la privacidad de los monjes),  el monasterio que aquella misma mañana divisáramos desde la cima. Los árboles se apartaron a ambos lados dando paso a una amplia explanada donde se iniciaba la escalinata que ascendía hasta el templo, iluminado, no sin austeridad, como un gigantesco árbol de Navidad. En un silencio denso en el que podía oírse el rumor del viento sobre las ramas altas de los árboles, dos filas de monjes que habían abandonado sus barracones, surgieron a ambos lados con sus llameantes hábitos rojos brillando en la oscuridad, y en estricto recogimiento, ascendieron la escalera, dejaron las sandalias en el último tramo y entraron al templo para la oración nocturna. Permanecieron acuclillados durante todo el tiempo que duraron los rezos, con las manos juntas y los párpados cerrados con fuerza repitiendo los mantras que recitaba el maestro; a continuación guardaron silencio con perseverante ensimismamiento. A un tiempo, todos se levantaron y abandonaron el templo.

Ser invitados únicos en un monasterio es un especial privilegio. Correspondimos con el tradicional soon (la agencia se ocupó de transportarlo, de nuevo la contradicción del turismo) que dispuestos en fila, recogían los jóvenes monjes de nuestras manos sin apenas detenerse, sin manifestar ningún tipo de sentimiento, inmersos en la autocontemplación, protegidos por la voluntad férrea de mantener su aislamiento; con la botella de refresco entre ambas manos, se retiraron al interior oscuro y diáfano de un pabellón de madera para tomarlo en silencio (el líquido es el único alimento que les está permitido tomar fuera del almuerzo). Sólo el maestro, un hombre enjuto, cuyos ojos vivarachos nos sonreían desde detrás de unos cristales hipermétrofes, se detuvo a saludarnos. Con la ayuda de Louis que hacía de intérprete, pudimos hablar con él durante unos minutos. De todas sus respuestas, la que más me sorprendió (mi pasado como profesora había inspirado todas mis preguntas) fue la referida a las enseñanzas impartidas en el monasterio: no estudian matemáticas, ni lengua, ni química, ni física, ni literatura, de idiomas el birmano y, ahora, un poco de inglés, dedican todo sus tiempo al aprendizaje de las enseñanzas budistas. Myanmar es un país religioso que cuenta con gran número de monjes.

  A Myanmar (Amarapura)9Los muchachos que se habían encargado de llevar nuestro soon (las cajas de refrescos) hasta A. K., montaban ahora una solitaria mesa al final de la veranda frente al pabellón de descanso de los monjes; ellos mismos se encargarían de servirnos la cena. Un abismo de oscuridad hacía que el rostro de Louis, sentado frente a nosotros, cobrase una inesperada relevancia. Es extraordinaria la rapidez con que aquella contención de sentimientos que habíamos observado en los monjes se vio suplantada, abruptamente, por la resentida amargura de Louis, un rencor violento que ensombrecía su mirada, porque… ¿Qué clase de país es éste donde un hombre como mi jefe que apenas sobrepasa la treintena puede haber llegado a ser millonario si no fuera gracias al apoyo del gobierno y a nuestros salarios de hambre?

A Myanmar. Amarapura14

8. La pagoda inacabada de la otra orilla del Ayeyarwady

Tag(s) : #Rituales y ceremonias

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