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Por la mañana, la vida en el zoco era más colorida, la luz entraba encañonada desde la plaza de la Gran Mezquita y la escala de sonidos era más amplia; había más niños, también más viejos. Uno rodeó las columnas romanas de la plaza y vino a ofrecernos un cambio. Razonaba su propuesta como un cadí descrito por Maalouf. Decliné su oferta: no necesitaría su chilaba para entrar en la mezquita y Alonso no se desprendería del bastón tan fácilmente.

-Antes de entrar les voy a contar la historia de esta mezquita -dijo Ahmehd alejándonos del  falso cadí-. Fue construida por  el califa al-Walid de la dinastía Omeya. La dinastía de los omeyas surgió de la disputa entre tribus por el califato: El primer elegido como cuarto califa, había sido Alí, primo y yerno de Mahoma y uno de los primeros devotos. Los musulmanes se dividieron en tres partes: los chiíes o partidarios de Alí, los, jariyíes y los sunníes. Vencieron estos últimos iniciándose así el califato Omeya.

>> Alí y su esposa Fátima, hija de Mahoma, habían tenido dos hijos Hassan y Husayn, y cuando Alí murió sus partidarios nombraron imán a su hijo mayor, Hassan, pero éste no quiso seguir la lucha por el califato y se retiró a Medina. Pero a la muerte del primer califa Omeya, en Damasco, y habiendo muerto también Hassan, se reavivó la disputa. Esta vez se enfrentaban Yazid, hijo del califa fallecido y nombrado por él su sucesor en el califato, y Husayn, hijo del depuesto Alí y nieto del profeta. La lucha desembocó en la famosa batalla de Kerbala en la que las fuerzas de Yazid derrotaron a los partidarios de Husayn al impedirles acercarse a los acuíferos. Husayn fue uno de los pocos que resistieron, pero fue asesinado. Los Omeyas establecieron la capital en Damasco y extendieron el mundo islámico por casi todo el imperio bizantino, por el Magreb y la Hispania visigoda>>

-Cierto. Hasta que toparon con Don Pelayo en Covadonga –comentó Alonso.

-Aún con eso, al Andalus fue provincia musulmana durante casi ocho siglos –insistió Ahmehd.

-Ya. La perdieron, cuando se convirtió en un reino de Taifas.

-Sí. Y eso sirvió a los castellanos para echar los musulmanes al África.

-Devolverlos, Ahmehd, devolverlos –matizó Alonso con ironía-; todo lo que sube baja.

-Además eso que usted cuenta ocurrió en 1492 ¡Y yo les estaba hablando de la dinastía de los omeyas, o sea, del 661 al 750! –exclamó Ahmehd irritado- ¿Quieren que les siga hablando de la Mezquita Omeya o no?.

-Claro, hombre, claro. Era por redondear. Pero sigue, sigue –lo animó Alonso. Para una lección que se había estudiado no era cuestión de interrumpirle...

-El califa omeya, al-Walid, quería convertir Damasco en un importante centro religioso. Para ello, eligió los terrenos del temenos prerromano en cuyo centro había estado la capilla de Baal, el dios arameo de la lluvia, sustituida por el templo a Júpiter y ocupada, entonces, por  la iglesia cristiana que guardaba la cabeza del Bautista –dijo Ahmehd de corrido, sin tomar aire, como si temiese una segunda interrupción-. Vamos a entrar a la mezquita. Pero antes tienes que ponerte una chilaba que te van a dar ahí.

Sin dejar de sorprenderme por el repentino tuteo, seguí sus indicaciones.

No me sentí muy cómoda bajo aquel manto. A decir verdad, me vi desaparecida, insignificante, casi inexistente, husmeando en un mundos hecho para ellos. Detestaba el significado del  hiyab. Era un rechazo visceral, aunque podría dar cien razones en contra. Pero cuando los pensamientos son sometidos por la impotencia, alumbran rencor y resentimiento. Aquel gran patio rodeado de columnas espejadas sutilmente en el deslumbrante mármol, los tres pequeños pabellones, el de abluciones, el del reloj y el octogonal del tesoro, que con su disposición disimétrica aportaban viveza y espontaneidad al estricto vacío, no me emocionaba, me era ajeno; no había sido concebido para disfrute de ellas, de mí, de nosotras las mujeres.

 -¿Ves esos mosaicos? –Oí la voz de Ahmehd con su irritante tuteo (como si el largo manto negro que me ocultaba me hubiese bajado de categoría). Me indicaba que mirase hacia la pared sur, al pórtico que daba paso a la sala de oración (liwan)-. Son parte del revestimiento original enviados por el emperador de Constantinopla, ya compuestos, listos para aplicar sobre los muros. Representan palacios y casas entre vergeles y caudalosos ríos; pero, como es norma en el Islam, no hay ninguna figura humana.

Las palabras se agolpaban suplantando los pensamientos, pero al traspasar la puerta suroeste de la sala de oración, el aire se volvió rojo y oro. Del rojo brillante de apretadas alfombras iluminadas por el sol que atravesaba las vidrieras. Dos filas de altas columnas dividían en tres el espacio vacío interrumpido sólo por algunos fieles arrodillados ante el mihrab, orientados hacia el sur, hacia La Meca. O por el cenotafio de San Juan el Bautista, alrededor del cual se apretaban contra los verdes cristales hombres y mujeres como si esperaran ver dentro la cabeza del profeta.

-La encontraron al demoler la iglesia cristiana –dijo Ahmed al aproximarnos al cenotafio-. Es una reliquia tan respetada por los musulmanes como por los cristianos: Juan el Bautista, Yahya, también fue un profeta para el Islam.

Sentados en el suelo, apoyada la espalda en la pared del monumento, un grupo de críos, cinco o seis, recitaban suras en voz baja. Ahmehd tomó un ejemplar del Corán de una repisa donde había varios, buscó una azora Damasco10.jpg y leyó en árabe un versículo; luego tradujo:

¡Oh, Profeta! Dile a tus mujeres, a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran con sus mantos; es mejor para que se las reconozca y no sean molestadas. Allah es Absolvedor, Misericordioso (33:59)

 

Siria.Alepo4

 6. Quedar ciego y "ver" la Calle Recta.   

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Tag(s) : #Arquitectónico

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