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Cada minuto de ese primer día se había extendido en apretados meses en nuestras mentes saturándolas de religiosidad y de estética; la estética tailandesa, tan distinta a la de cualquier otro lugar. Además del Buda Yacente, se encuentra en Wat Pho la escuela de masajes más famosa del mundo, y yo estaba ansiosa por conocer el genuino masaje tailandés, el terapéutico. Luego supe que hay otros muchos masajes, de distintos tipos…,  todos igual de auténticos "auténtico masaje tailandés". En Tailandia se aprende a dar masaje al tiempo que a sumar o escribir las primeras letras.

 
  Llegó el momento de nuestra primera cita con las masajistas tailandesas.

Se nos acercaron dos, a cada cual más fornida, aunque de poca estatura, de facciones acusadas pero modales delicados; actuaban con decisión y seguridad, amables y sonrientes. Nos invitaron a sentarnos en sillas exageradamente altas, de forma que los pies quedaban suspendidos en el aire, sobre una canaleta por la que fluía agua perfumada. Nos descalzaron y nos enjuagaron los pies. Al terminar, calzados con sandalias ad hoc, nos condujeron con dulzura por un pasillo flanqueado por cabinas cuya única puerta era una fina cortina de hilo.

Juan esperaría fuera las más de dos horas que duraba el masaje. Era una tranquilidad, uno nunca sabe en qué manos puede caer: el cuerpo, inerme, en manos de desconocidas…



Cubiertos con una bata suelta de tela fina, nos tumbamos boca arriba sobre sendas colchonetas encima de una tarima. Las dos masajistas trabajaban al unísono: presionando los pies, tirando de las piernas, retorciendo las pantorrillas… La mía era la más robusta, con sus pies apoyados sobre mi muslo, tiraba con fuerza de mis tobillos como si quisiera descoyuntarme. Luego, cambió sus pies de sitio colocándolos, alternativamente, en mis nalgas y en la ingle y vuelta a tirar de los míos, como queriendo separarlos a toda costa del resto del cuerpo. Puesta en pié, empezó a trabajar en sentido inverso: sujetaba mis piernas con las suyas como si habiendo cambiado de idea quisiera volver cada uno de mis pies a su sitio: los empujaba hacia la pierna con la mano, con la axila; acabó atrayéndome hacia ella, con mis pies apoyados en su pecho asegurándose de que quedaran bien encajados. Cuando creí que todo había terminado, me tomó de ambas manos y me colocó los brazos de tal modo que no recuerdo haberlos tenido así en toda mi vida. ¡Qué suplicio! ¡¿Qué vendrá ahora...?!, me decía.  Puesta yo boca abajo, tiraba y presionaba, tiraba y presionaba: el fémur, la pantorrilla, el hombro para un lado, el brazo para el contrario... –sentía un temor cierto de acabar desmembrada-. Con su trasero apoyado sobre mi espalda, unas veces, o sobre las plantas de mis pies otras, a modo de silla, y cansada de tirar de los brazos de uno en uno, agarró los dos juntos. Pero lo peor aún estaba por llegarr: con precisión de cirujano y fuerza inapelable, presionó sobre un determinado punto oculto en un lugar recóndito de mi ingle. Sentí con angustia cómo el flujo sanguíneo se interrumpía. Aguanté con cobarde etoicismo sin saber cómo acabaría mi maltratado cuerpo después de aquéllo. Me soltó de repente. Apenas había durado un par de minutos pero se me antojó eterno.

Me miré de arriba a bajo: Más de dos horas pensando cuál de mis miembros quedaría colgando. Y encontré que todo seguía en su sitio.

-Estoy baldada. Bueno, relajada.

-¿Les ha sentado bien? –Juan vino hacia nosotros; no había nadie más en la recepción del salón de masajes.

-Como nuevos.

-El masaje que les han dado se llama en tailandés Nuad Taia. Está basado en el estudio y tratamiento de las líneas energéticas del cuerpo, las sen. De las más de 70000 sen que se estudian, el Nuad Tai trata las diez líneas de energía centrales. Mediante presión con los dedos y otras partes del cuerpo, se desbloquean los flujos de energía y se restablece el equilibrio y el bienestar. Antiguamente el trabajo de masajista era inherente al budismo y antes de comenzar se rezaba una oración.

Nos despedimos de nuestras masajistas, agradecidos por lo bien que lo habían hecho, por el trato llano y la sonrisa franca, por cuidar con profesionalidad del cuerpo desnudo, indefenso, y por salir de allí tan enteros como habíamos llegado; unos centímetros más largos, quizá.


 

13. Templos-joya, rubíes y zafiros de Tailandia 

Tag(s) : #Salud

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