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                   Los palafitos sobre los que se asentaba el exótico Rim Talay ofrecían la posibilidad de empezar el día, además de recreando la vista y el paladar con sabrosas frutas tropicales talladas como flores y otros exquisitos platos, compartiendo las primeras horas de la mañana en el ambiente calmo del lago sobre el que todavía descansaba la niebla matutina.

                   Para ir desde las habitaciones a la playa privada de la Laguna o para acceder a la inmensa playa Bang Tao, bastaba con bajar la docena y media de escalones hasta el suelo de césped bien cuidado, salpicado de árboles y arbustos, y al abrigo de palmeras y cocoteros llegar hasta la arena.

                   Tras dejar las toallas en unas hamacas fuimos directos al agua. Entonces pasó algo que nunca antes me había sucedido. El fondo era plano de arena tan fina como la harina después de cribada y al estar el agua y el aire a la misma temperatura, no se notaba cambio al entrar ni al salir. Había avanzando mar adentro y aunque seguía dando pie me apetecía echarme a nadar. Pero, repentinamente, empecé a notar picores por todo el cuerpo. No podía nadar, no era capaz de relajarme y olvidarlo; aquellos picores no cesaban. Pensé en la salinidad del agua, quizá fuese muy alta; o que podía tener una urticaria; o que había estado demasiado tiempo al sol... No quería decir nada por no estropear el baño a Alonso pero no aguantaba más: no había ni un milímetro de mi cuerpo que se librase de aquellos pequeños pinchazos; eran como cientos y cientos de puntas de alfileres tocándome la piel. Decidí salir del agua.

                     Una vez fuera cesaron los pinchazos. “Lo que yo pensaba: exceso de salinidad –me dije- ¡Qué pena!, un mar tan maravilloso y no poder disfrutarlo…”

Extrañado de que saliera tan pronto del agua, Alonso vino a ver qué me pasaba. A pesar de examinarme la piel por todas partes, no encontró nada raro.

                     -Entra de nuevo a ver si vuelves a tener la misma sensación.

                     Cuando el agua me daba por la cintura, volví a sentir en las piernas los finos y múltiples pinchazos.

                     -¡Otra vez! –protesté- ¡Me está picando otra vez!

                     Alonso parecía aguantar un ataque de risa.

                     -¡No le veo la gracia! Voy a salir.

                     -¡Espera, mujer! –dijo soltando la carcajada- Mira dentro del agua.

                     -¡¿Todos esos peces...?!
                     ¡Eran ellos!, ¡ellos los que me picaban! Diminutos peces, casi transparentes, se movían a miles -a cientos de miles, diría yo- por la orilla del agua. Sólo conocía peces asustadizos que huyen al más mínimo contacto con el ser humano. Aquéllos, en cambio, me rodeaban, se pegaban a mí y me seguían a todas partes. ¿Será que “saben” que allí no hay motivos para huir…? Y una buena parte habían encontrado divertido venir a picotearme las piernas; o, en el colmo de la amabilidad, ¿me estarían haciendo un tratamiento exfoliante? Con ese convencimiento, me dejé caer enteramente en el agua; encontraba exagerado haber llamado a aquéllo, pinchazos  ¡Qué maravilloso país! 
 

                      

La mayor parte de la playa estaba desierta. A pesar de haber dos o tres hoteles más alrededor de la Laguna, sólo en las cercanías del resort se veía gente. Aún así, quedaba tanto espacio libre entre unos y otros que cada cual se podía sentir aislado del resto; lo contrario puede convertir una playa maravillosa en un lugar insoportable.

                        Tendidos al sol, me dejé hipnotizar por las ramas cimbreantes de una palmera cercana acariciada por la brisa. No me  percaté de su presencia hasta que las tuvimos encima: dos masajistas del batallón de mujeres de azul que ejercían sus buenas artes en la playa vinieron a ofrecernos sus servicios, allí mismo. No me chocó en absoluto: en el mercado de Mae Hong Song había visto a una madre dar masaje a su hija mientras ésta destripaba un pollo.

                        Nos dejamos hacer, ¿quién no? Allí no era necesario llenar el aire de música relajante ni crear un ambiente de terapia cromática a base de imágenes en las paredes: el rumor de las olas en su infinito ir y venir y el murmullo al romperse en espuma, el dorado de la arena mojada, el azul del cielo escondiéndose entre el verde brillo de las palmeras eran sonido y color en su más pura esencia.

Mi masajista, una mujer fuerte que no llegaría a los cuarenta, me hablaba con dulzura en su idioma a sabiendas, supongo, de que no le entendía nada. Terminaba sus largas parrafadas  pidiendo mi beneplácito: "¿It’s okey? A lo que yo asentía. Una de las veces en que le contesté “¡Okey!”, ni corta ni perezosa se puso a hacerme la manicura, siguió con la pedicura, y antes de que siguiera buscando cuáles podían ser las necesidades estéticas de otras partes de mi cuerpo, le pregunté cuánto me iba a costar todo aquello. Entonces vino otra, la de las cuentas, también de bata azul pero de más edad y aspecto anodino. En lugar de responder a mi pregunta, se interesó por la fecha de nuestra partida. Poco más tarde encontraría explicación a semejante pregunta.

  39. "Que no me quites el sol", pidió Diógenes a Alejandro

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Tag(s) : #Masajes y belleza

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