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Para el almuerzo, un Jardín de Orquídeas. Reminiscencias de la época en que la exótica flor estaba de moda, cuando las mujeres la recibían como obsequio de sus novios en pomposos y enlazados envoltorios para lucirlas en el pelo o para realzar un traje. Claro que eso era  antes de que se pusieran de moda los anillos de brillantes para pedir a las novias. Desde entonces, las orquídeas ya no dejan tanto beneficio a los cultivadores tailandeses. En el vivero solo quedaban algunos ejemplares aislados, y en la tienda las de nácar y oro o esmalte. El restaurante al aire libre con mesas de madera rodeadas de bancos corridos, y plantas y orquídeas colgando alrededor en estudiada armonía, se situaba al lado de una cascada artificial con un puente de madera atravesando un regato. Sirvieron la comida toda a la vez: cuencos de arroz hervido, pollo en leche de coco aromatizado con limón, fideos de arroz (pegajosos, no muy buenos), tallarines y cerdo al curry de jengibre, y una sopera con verduras y gambas muy especiada con chiles y cilantro. La ventaja de que sirvan todo a la vez es que no se vuelve a ver a nadie durante el tiempo que dura la comida. Nos habríamos quedado allí un par de horas más  (y éso a pesar de la rata que subía por el palo que sujetaba el techo) si Joaquín no hubiese venido a buscarnos.

           -¿Han comido bien? Debemos de irnos –continuó sin esperar respuesta-. Tenemos que llegar a tiempo para ver el Wat Doi Sutep.

El Wat Doi Sutep, en la cima de una montaña, es uno de los templos más venerados del norte de Tailandia. Dos nagas a los lados acompañan a la escalinata de ascenso a la cumbre; pero las protestas de mi pié lesionado me llevaron a tomar el funicular.

¡Qué sensación a la entrada! ¡Como una feria atiborrada de barracas en colores chillones! Error. Una vez más la primera impresión fue equivocada. Ya dentro, aprecié la combinación exquisita de colores y oro
repartidos por chedis y parasoles; edificaciones con techos cuajados de relucientes piedras albergan enormes Budas de bronce. Y en una serie correspondiente a los días de la semana, siete imágenes se alinean en distintas posturas tras flores, guirnaldas, cuencos para monedas, cubos de comida, velas, incienso y todo tipo de ofrendas que cada fiel deposita delante del Buda del día de su nacimiento.

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Había una pequeña capilla muy cuidada y solitaria que invitaba a entrar. Después de encender unas varillas de incienso y depositar láminas de pan de oro sobre una imagen, me quedé observando cómo los devotos se acercaban de rodillas al anciano monje que permanecía sentado en el suelo en postura de flor de loto. Sin mediar palabra, nos acuclillamos y fuimos hasta él. Nos acogió con una leve sonrisa de cansancio y tomó nuestras manos, cortó sendos trozos de cuerda fina de algodón blanco y los ató alrededor de la muñeca mientras murmuraba deseos de suerte y buen viaje; las llevaríamos hasta que se deshicieran por el uso o envejecieran con el paso del tiempo.

Aquel gesto sencillo pero preñado de buenas intenciones, me pareció más enriquecedor que las vacuas peroratas grandilocuentes dichas desde el púlpito de algunas iglesias. En aquel momento sentí que formaba parte de allí.

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28. De novela: Persecución por el Mercado Nocturno de Chiang Mai (I)


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Tag(s) : #Fauna y flora

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