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El cielo se había cubierto de nubes claras cuando nos dirigíamos a Darling Harbour, pero no amenazaba lluvia. Por la zona se celebraba un festival de música pop y toda la gente joven de Sydney, como atraída por un imán invisible, caminaba hacia allí, desfilaban en pequeños grupos por el paseo que discurría paralelo al dique. Eran jóvenes alegres, esbeltos, rubios, guapos, bien alimentados; con grandes escotes y faldas cortas, luciendo tipazo, ellas. Marcando músculo bajo ajustadas camisetas, los brazos animados por laboriosos tatuajes, bien afeitados y repeinados, ellos. Indígenas no se veían por allí… ¿Dónde estaban los otros jóvenes, los de piel oscura como la de los africanos, nariz chata y pelo negro ensortijado?

Nos fuimos antes de que acabara el concierto: la gente volvería en tropel a ocupar Darling Harbour y los medios de transporte públicos no darían abasto.

El metro aéreo nos dejó cerca de nuestro hotel, el hotel Shangri-La. No muy lejos de allí, se encuentra The Rocks, el barrio más antiguo de Sydney. Se dice que fue en ese lugar donde nació el nuevo país, Australia, en 1778.

Atraídos por el ambiente, nos acercamos hasta un pub a tomar una última copa antes de volver al hotel. No había ninguna mesa libre pero un hombre acodado en la barra nos hizo un sitio. Alonso, distraído, le dio las gracias en español pero el hombre no pareció sorprenderse, al contrario, se presentó hablando en nuestro idioma. Era chileno y llevaba sólo dos años residiendo en Sydney. Se alegró al saber que éramos españoles, siempre se había sentido atraído por nuestro país, en particular por Andalucía, y no descartaba el irse a trabajar allí. Quiso saber cuánto ganaba un electricista en Europa.

-Depende… -le contestó Alonso.

-¡Esa es la respuesta del gallego! –dijo sorprendido- ¡Cuando te lo encuentras en la escalera, no sabes si sube o si baja...!

-Así es, y se nos encuentra por todas partes –bromeó.

-Llevo trabajando como electricista desde los diecisiete años. -Debía de andar por los treinta. Era moreno y de cara angulosa, y su oscuro bigote hacía resaltar la blancura de sus dientes; no podía negar su ascendencia latina-. Pero me harté, me cansé de no salir de pobre. Cogí el petate y me fui. Cuando llegué acá tuve que hacer de todo… ¡hasta de guía! –Y preguntó medio en broma-: ¿Necesitan un guía?

-Lo pensaré –dijo Alonso, también en broma. Se disponía a pagar cuando el chileno se adelantó tendiendo una tarjeta de crédito al camarero. Alonso se opuso y el camarero no sabía a quién obedecer. Al final tuvo que ceder a cambio de aceptar otra ronda.

-No creo que en España haya un solo electricista pobre; ni un carpintero ni un fontanero… –dijo retomando el tema, recordando las últimas facturas, supongo. Y añadió con guasa-: ¡Yo ya hice millonarios a unos cuantos!

-¿Y qué me dicen de los dentistas?, en mi país son de los que más dinero ganan; y en Sydney, no digamos... ¡todos los médicos son millonarios! Lo bueno que tiene este país es que sólo hay dos clases sociales: la clase alta, de los políticos y  profesionales liberales, y la media a la que pertenecemos todos los demás.

-¿Y la clase baja?, ¿o aquí no hay clase baja? –quise saber.

-No, no. Aquí no hay clase baja. Bueno –recapacitó- sí, los aborígenes…; se podría decir que son de clase baja, sí. Pero no son una clase exactamente, andan repartidos por el país en pequeños grupos de 30 o 35. El resto de la población somos de clase media o alta –sacaba pecho al decirlo- ¿Saben?, aquí hasta los barrenderos son de clase media.

Se interrumpió esperando alguna pregunta de nuestra parte pero al no producirse, continuó-:

-Un barrendero, por ejemplo, gana más que una enfermera. -La expresión de asombro de Alonso (le resultaba difícil de entender el ejemplo de la enfermera y el barrendero), le dio pie a seguir ahondando en el tema-: Es así, no crean que exagero. El motivo es que hay pocos; nadie quiere ser barrendero en este país. Por éso están tan bien pagados. Yo mismo ganaría más como barrendero que trabajando de electricista, ¿qué les parece?

La charla discurría como una pescadilla que se muerde la cola, llegaría la madrugada y seguiríamos con todo tipo de disquisiciones sobre el sueldo de los electricistas. Rechazamos la invitación a una penúltima copa y nos despedimos de nuestro nuevo amigo que, medio enchispado, se nos ofreció para hacer de guía por los alrededores de Sydney. No pudimos aceptar su ofrecimiento pero le dimos la dirección por si un día decidía venir a nuestro país a establecerse de electricista.

20. Eolo es amigo del Surf. El Surf es amigo mío. Pero no se da la propiedad transitiva  

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Tag(s) : #Costumbrista

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