A medida que disfrutaba del placer estético de aquel claustro, tan distinto al de los grandes monasterios, mi imaginación volaba hacia tiempo atrás cuando aquel marino persistente llegó a la Rábida, viudo de su mujer portuguesa, para dejar a su pequeño hijo Diego al cuidado de los frailes. Imaginaba al marino Cristóbal Colón sentado junto a fray Juan Pérez en aquél recogido y luminoso patio hablándole de sus proyectos y aspiraciones, y de su convencimiento de la existencia de un camino por el oeste para llegar a las Indias.

Entonces, como ahora, era primavera, la de 1485. La sencillez de este monasterio franciscano está presente en todas sus estancias,
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sólo desde algún mirador o a través de una escueta ventana se puede ver lo extraordinario de su situación sobre un promontorio desde el que se domina la ría de Huelva, la confluencia de los ríos Odiel y Tinto (perdida su llamativa caracterísitica de color rojo por la proximidad del océano Atlántico).

A pesar de todos los apoyos que Colón recibió de fray Juan Pérez y del astrólogo fray Antonio de Marchena facilitándole el acceso a la reina Isabel de Castilla, no fue hasta varios años después, tras un periodo de guerrs, cuando Boabdil rindió Granada, que los Reyes Católicos accedieron a apoyar su empresa.
También fue en la Rábida donde contactó con quien sería su mano derecha, el marino y armador Martín Alonso Pinzón y sus hermanos y otros experimentados marineros de Palos y Moguer.

Cerca del monasterio se encuentra el puerto de Palos desde donde embarcó Colón a lo que sería el mayor descubrimiento de la época. Y allí, exactamente en ese mismo lugar, se encuentran las tres carabelas, La Niña, La Pinta y La Santa María.



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