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Atrás quedaba el ambiente sombrío del marae y las luchas entre los dioses buenos y los dioses malos. Mientras tanto, el cielo se había encapotado y los picos de las montañas quedaban cubiertos por jirones de nubes grises.

Desde el Belvedere, se podía contemplar el macizo montañoso del interior de la isla cubierto por un manto verde oscuro, brillante, rebosante de humedad. Destacaba el Tohiea con sus 1207 metros de altura por tener las paredes grises y peladas y su forma de cabeza sufriente. El resto era como pirámides rotas de caras  hundidas. 

Nos acomodamos de nuevo en el interior del 4x4 (además de serlo, lo había demostrado; y pronto iba a corroborarlo) para dirigirnos a la costa y hacer la última parte del itinerario. La francesa me dijo que le gustaba hablar español, que tenía unas amigas en Pamplona con las que practicaba. Yo le dije que me pasaba lo mismo con el francés y practicaba con mi prima que vivía en París desde hacía muchos años. Hablando de nuestros cantantes preferidos, españoles y franceses, las dos coincidimos en que nos gustaban las canciones de Édith Piaff, y empezamos a cantar:


Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal

Tout ça m’est bien égal

Non, rien de rien

Non, je ne regrette rien

C’est payé, balayé, oublié

Je me fous du passé

 

Traducción:

 

No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Ni el bien que me han hecho, ni el mal

Todo eso me da lo mismo

No, nada de nada

No, no me arrepiento de nada

Está pagado, barrido, olvidado

Me da lo mismo el pasado


 Aunque nadie se dignó aplaudirnos, nos quedamos la mar de satisfechas.

Llegamos a un lugar que parecía el final del camino pues una cadena de montañas de escarpadas laderas parecía cerrar el paso hacia las bahías gemelas de Opunohu y  de Cook.

Al pie de una montaña se abría un camino estrecho por el que apenas cabía el 4x4, y Diana se metió por él. Después de ascender 300 o 400 metros, llegamos a un mirador desde donde se podía ver una parte de la bahía de Cook y el majestuoso Rotui, un monte de 900 metros situado en medio de las dos bahías; realmente no valía la pena haber subido hasta allí; quizá por mar se tuviera una vista más completa.

Subimos al coche, dispuestos a volver por donde habíamos venido. Pero Diana no dio la vuelta para bajar al llano. Sin embargo, el sendero que subía rectilíneo por la cresta cincelada que separaba los dos barrancos parecía inaccesible para cualquier vehículo. Las cuatro parejas nos manteníamos expectantes, no entendíamos qué pretendía hacer Diana.

Metió la tracción a las cuatro ruedas y el morro del 4x4 enfiló la montaña ladera arriba. Podría decir, sin exagerar, que no se respiraba para no crear turbulencias. Asomé la cabeza por mi lado y miré hacia abajo con aprensión: el ancho del sendero tenía tal grado de precisión que no sobrepasaba ni un centímetro las ruedas. El borde terroso se deshacía y las piedras desprendidas caían en picado por el barranco. Espantada, retiré la mirada. Me di cuenta, por la expresión de sus caras, de que las dos italianas, sentadas enfrente, habían visto lo mismo por su lado. Sin embargo Diana no mostraba alteración alguna, conducía con absoluta confianza. Finalmente, trasmitió a los demás esa confianza que tenía en sí misma. Aún así, cuando llegamos a la cima, todas y todos respiramos aliviados.

Desde allí se tenía una visión completa de las bahías más bellas de  Moorea, la de Cook y la de Opunohu. Sus aguas se oscurecen al acercarse a la costa por el reflejo de las montañas volcadas al mar, y adquieren tonalidades más claras a medida que se acercan a la barrera de coral que bordea la isla. Mirando al otro lado, hacia el interior, se veían las montañas vecinas levantarse cubiertas por el mismo verdor homogéneo y rotundo, y las aristas rectilíneas que bordean sus hundidas caras laterales, igual de afiladas que la que nos condujo hasta la cima.

 Antes de iniciar el descenso de la montaña, nos dijo su nombre, Magic Moutain, y su altura, 1106 metros. Pero bajamos por el otro lado, por donde la pendiente estaba más suavizada; y a los lados pastaban las cabras, algunas con sus cabritillas.

Cuando llegamos abajo sanos y salvos, todos admiramos un poco más a aquella mujer de grandes manos, dotada de una extraordinaria energía viril y de no menos extraordinaria sensibilidad femenina. Cuando posó a nuestro lado en una foto para el recuerdo lo hizo adelantando la cadera como una modelo para la portada de una revista.

 

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Polinesia:Moorea


34. Un 31 de diciembre como otro cualquiera, Pero en Moorea.

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Tag(s) : #Diversión

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