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        Pasamos el primer control policial: tras una insignificante mesa de madera sin barnizar, como un antiguo pupitre de escuela, un policía con los típicos rasgos tailandeses, delgado, pelo negro lacio y cara cerúlea, tras echar una rápida ojeada a los pasaportes nos los devolvió con una sonrisa que se me antojó un tanto exagerada. Guardamos la documentación con las tarjetas de embarque, y continuamos por el pasillo hasta llegar al control de equipajes de mano. En aquel momento, no había más pasajeros. Dejé mi bolso delante del escáner y me dirigí hacia el arco detector de metales (siempre paso la primera: no llevo nada que suene, al contrario de Alonso, que con las llaves, monedas, la linterna, el bolígrafo… tiene que pasar tres o cuatro veces hasta que deja de sonar). Mientras él iba y venía por debajo del arco, yo permanecía atenta a la salida del escáner.
         Ya había rescatado el pequeño bolso cuando se reunió conmigo al final de la cinta a esperar la bolsa que estaba siendo retenida. Veía de refilón, las imágenes que aparecían en la pantalla del monitor, las inocentes siluetas de lo que había metido dentro: la casita de los espíritus, el Buda de jade (que como era un vuelo interno, Chiang Rai- Bangkok, no requería ningún certificado), un sombrero de campesino y dos figuras de porcelana de escaso valor. Al fin, la bolsa asomó por la salida del túnel y comenzó a avanzar hacia nosotros “¡Qué lentos son estos rodillos!”, pensé. En ese preciso instante, el  policía que habíamos dejado atrás, el del pupitre y la exagerada sonrisa, se levantó de la silla tan precipitadamente que la dejó tambaleando. A grandes zancadas, recorrió la distancia que le separaba del control de equipajes hasta llegar a la cinta rodante. Sin intercambiar palabra con ninguno de los controladores, se acuclilló, y así permaneció  observando con atención el único equipaje que circulaba por la cinta: nuestra inocente bolsa de mano. Visualmente comprobé algo que debía de haber hecho antes y no hice; pero el precinto alrededor de la bolsa estaba intacto.
           Por la actitud del policía, pensé que,  por debajo,  pudiera esconderse algo que el escáner no hubiese detectado; envuelto en papel carbón, por ejemplo.
Sentí una especie de taquicardia mientras una extraña corriente me subía por las piernas, como cuando di mi primera clase de integrales en la Universidad. Me pareció que toda la sangre del cuerpo había ido a acumularse en mis orejas; me ardían. Tenía un miedo irracional, las cárceles tailandesas me daban pánico.
¿Por qué aquel policía dejó tan precipitadamente su puesto para venir a observar nuestra bolsa de mano? ¿Qué esperaba encontrar?, ¿o quería comprobar por sí mismo que no había nada?
          Cuando dio por terminada su inspección, se levantó lentamente. Parecía decepcionado; como si las cosas no ocurrieran según lo previsto.

Estiré la mano y cogí la bolsa; lo hice como quien rescata un libro de una hoguera ¡Qué alivio sentí! Eché a andar sin mirar atrás, casi sin respirar; directos a la puerta de embarque.
37. Hat ban Tao, una playa en el mar de Andamán

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Tag(s) : #Riesgo

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