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De camino a las aldeas de los akha, en Ruamit, nos encontramos con Dokwai: era enorme, un verdadero gigante. Me habían dicho que eran mejor las hembras, más dóciles y tranquilas, de mejor carácter, pero ya estábamos acomodados en el palanquín cuando me enteré de que era macho; menos mal que tenía los colmillos recortados.

En el camino, tropezamos con un abrevadero. El mahout bajó a tierra dejándonos arriba solos e indefensos y, como es natural, el animal aprovechó para saciar su sed. Sorbía el agua con la trompa para vaciarla en la boca o a modo de ducha para refrescarse. Al principio se duchaba por todas partes menos por arriba: estábamos nosotros. Pero, inopinadamente, Dokwai, decidió que nosotros también teníamos derecho y nos obsequió con una buena rociada. Disgustado con el comportamiento de su elefante, el mahout se lo reprochó agitando en el aire la varita que llevaba en la mano (pequeña e inútil como las de magia) y emitiendo un suavísimo “¡mmh...!”

-¡Está de coña! –refunfuñó Alonso.

Sin embargo resultó de lo más efectivo: el animal siguió duchándose... ¡excepto por arriba!

Dokwai se mostró tan cuidadoso e inspiraba tanta seguridad que sin darme cuenta había dejado de sujetarme a los brazos del palanquín: A pesar de lo estrecho del camino para un animal tan grande y de lo accidentado que era, con agujeros, piedras, subidas y bajadas, movía las patas con tanto cuidado como haría una persona sosteniendo una cesta de huevos. Sin embargo, cuando delante de mí  vi aquella cuesta de más de setenta por ciento de desnivel, no tuve la menor duda de que, solos como íbamos, caeríamos, sin remedio, de cabeza al río, al río Kok. Asombrosamente no fue así: ¡Dokwai, un elefante contorsionista!

Entonces pensé que el elefante era el animal más amable del mundo.

Salimos del río Kok y allí nos despedimos del mahou y de Dokwai que lo hizo levantando la trompa.

 

El motivo principal de viajar al Lejano Norte había sido conocer las diferentes tribus que pueblan la zona. La mayoría de ellas se instalaron allí a principios o mediados del siglo XX provenientes de países vecinos como Birmania o China. Cada etnia llegó a Tailandia con su propio bagage de lengua, costumbres, cultura…, y aunque tratan por todos los medios de conservar su idiosincrasia, se encuentran con grandes dificultades y no siempre pueden continuar con el modo de vida que llevaban en su país de origen; sobre todo en lo referente al modo de subsistencia. Los hmong vivían anteriormente de los cultivos de opio o marihuana, pero en Tailandia la droga y todo lo que la rodea está muy perseguida y fuertemente penalizada. Los akha  necesitan de la madera, que siempre han usado para ellos y para sus animales. Pero existe un problema de deforestación en Tailandia y las nuevas leyes para la protección de los bosques prohíben la tala de árboles. El gobierno tailandés ayuda al sostenimiento de éstas y de otras minorías que buscaron refugio en su territorio como los karen, lisu, mien o lahu tratando de ubicarlas en un plan social diseñado de forma que puedan mantener su cultura. Pero también se les pide que se integren en el mundo moderno en el que habitan regido por leyes que han sido hechas sin contar con ellos.

Las aldeas de los akha por donde cruzábamos bien podían pasar por ser las de cualquier lugar del mundo: caminos de tierra por donde pasean las gallinas seguidas de una fila de confiados polluelos, casas humildes con un pequeño patio, cerdos negros bien nutridos hozando entre la paja del corral... Si apareciese algún tigre como antaño, entonces sí tendrían algo de especial. Allí conocimos a llamémosle María. Llevaba un tocado de vivos colores con cascabeles plateados cayendo sobre la frente y a ambos lados de la cara. Sus ojos pequeños y alegres nos miraban con una curiosidad más propia de una niña que de una mujer adulta. Nos hablaba a sabiendas de que no entendíamos nada de lo que nos estaba diciendo. Y cuando por cortesía le sonreímos nos correspondió con la sonrisa más amplia y más negra que había visto en mi vida. Sus labios inflamados de rojo de tanto masticar betel daban paso a unos dientes rojo-renegridos de una boca oscura como un pozo profundo. Siendo su actitud alegre y amable, parecía esperar algo. Fue Joaquín quien nos lo dijo que la conversación y la foto bien merecían unos bath. Y estuvimos de acuerdo.

 

 

 34 Y el monje Ananda transmitió el mensaje

 

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Tag(s) : #Relax

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