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La escala en Chiang Mai la aprovechó Alonso para fumar un cigarrillo. En una jaula de cristal, con cuatro mesas sobre las que se amontonaban grandes ceniceros atiborrados de colillas, había un hombre y tres italianas a las que sólo reconocí por sus voces ya que el humo era más espeso que una mañana cerrada de niebla. Yo y mi recién estrenada asma estábamos fuera de lugar. No pude evitar un ramalazo de autocompasión al contemplar mi pié accidentado por el pisotón de una maleta pesada (lo que me obligó a recorrer Tailandia sin desprenderme del bastón). Pero el que no se consuela es porque no quiere como expresara Quevedo en  “La Cojera”:

 

           Difícil es que nadie se conforme con su destino,

           si a desgracia asienta, como insulto, baldón, mofa y afrenta,

           nacer de pie pero de pie deforme.

           Tal es el mío desigual y enorme, que en bote, más que en bota,

            se aposenta, pues nunca hallé que le consienta

            ni conocí botero que le ahorme.

De zambo me motejan y no dudo de que, pues soy patudo y juanetudo,

debo a los que tal dicen perdonallos, porque, al fin,

si mi suerte no consigo remediar con los pies, también me digo:

¡Venga toda desgracia por los callos!

 

Al poco rato, me pareció oír en un susurro:

-Suanzes…

Nadie nos miraba ni se dirigía a nosotros; deduje que había oído mal; sólo quedaba un asiático que parecía entretenido examinando los folios que momentos antes había extendido sobre la mesa. Sin sospechar de donde procedía el rumor, lo escuché de nuevo aunque más claramente:

-¡Suanzes!

-Sí -dijimos los dos a un tiempo.

Entonces, y sólo entonces, el hombre levantó la vista y se volvió hacia nosotros.

-¿Alonso Suanzes?

Aquella subrepticia forma de dirigirse a nosotros más parecía la de un agente del contraespionaje coreano que la de un guía turístico. El tipo era de complexión fuerte, brazos cortos y estirados como si los abultados músculos no le permitieran doblarlos; los mantenía alejados del cuerpo al igual que un luchador de artes marciales en actitud amenazante; la cabeza, exageradamente grande, redonda y totalmente rapada, estaba unida al tronco sin mediar más de un centímetro de cuello.

-Soy su guía –reveló sin asomo de expresividad alguna. Los ojos, oscuros como tizones, brillaban hundidos en el fondo de dos rayas entreabiertas sobre los rollizos cachetes-. Me llamo Joaquín. Voy con ustedes a Mae Hong Son, en el mismo vuelo. Yo soy de aquí, de Chiang Mai.

Posteriormente nos diría que no era tailandés sino vietnamita. Eché de menos la sonrisa de Juan, el guía de Bangkok.

Desde el avión, se veía zigzaguear la carretera por las montañas que separan Chiang Mai de Mae Hong Son (sólo el diez por ciento del territorio es llano, el resto es montañoso); ¡el calvario de curvas del que nos habíamos librado!

Llegamos a Mae Hong Son a media mañana. Dejamos las maletas en un hotel de montaña, y, sin pérdida de tiempo, subimos de nuevo al coche junto con el guía y el conductor. Esa misma mañana haríamos algo que nunca creí poder realizar: encontrarmecon las míticas “mujeres jirafa

23. La tribu de las Mujeres Jirafa

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