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  Tomamos la fruta fresca tallada y dos copas de vino blanco australiano con que nos habían obsequiado. Tenia la mente saturada por tanta belleza absorbida en tan poco tiempo, y el cuerpo cansado por la actividad de ese día después de un viaje tan largo: Los dos caímos desplomados sobre la cama. Así tendidos, totalmente despreocupados, cada uno dueño de sus propios pensamientos, permanecimos en silencio durante un rato, no sé cuanto.

Apreté un botón junto al cabecero, y el cajón de la mesilla se abrió con un compact y unos discos. Elegí uno de música clásica, Rossini creo que era. Fui consciente de cómo la habitación se iba llenando paulatinamente de sonidos suaves, acompasados, absorbentes; la fatiga desapareció como por encanto. Me sentí como si descubriese la música por vez primera, como si hubiese permanecido sorda hasta ese instante. Todo lo bello de los templos se diluía armoniosamente en aquel mar de notas; poderosas y envolventes como grandes olas espumosas. Sentí un deseo incontenible, creciente, de fundirme con aquél universo musical. La mano enérgica de Alonso descansaba suave y nervuda abierta sobre la almohada.

Todo comenzó a converger hacia lo etéreo en un acto involuntario, persistente, lúcido. El espacio era música en comunión íntima con la mente alerta. El cuerpo desaparecía. En su lugar: poderosas sensaciones ¿reales? en una dimensión nueva, fuera del tiempo y del lugar, en donde ya no había nada más arriba.
 

Era demasiado tarde para cenar y nos vendría bien dormirnos pronto; nos levantaríamos al alba; veríamos salir el sol a orillas del Chao Prhaya.
15. Como sardinas en lata
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Tag(s) : #Musical

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