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A Myanmar. Puente U Bein4

Mientras íbamos caminando hacia el puente U Bein, que cruza el lago Taungthaman, la más joven de las dos se acercó con tímida sonrisa moviendo las pulseras de semillas de melón mientras la otra observaba de lejos haciendo tintinear las cuentas de jade barato de los collares. Como Alonso no le hizo caso se pegó a mí explicándome en voz baja: <<Los pilares son de teca, mide 1,2 Km. y tiene doscientos años; es el puente de teca más largo del mundo>> y abarcaba con la mano de largos dedos negros la estrecha estructura oscura, que con gruesos pilotes de teca pisaba ondulante las tranquilas aguas del lago.

Le sonreí agradecida porque en lugar de hablarme de su mercancía caminaba a mi lado en silencio y apartaba a las otras para que su cháchara no me impidiera disfrutar del momento. Y es que yo, mientras caminaba con los sentidos alerta y me llenaba los ojos con aquella imagen tratando de poseerla, tenía la mente ocupada por la historia de Marie y trataba por todos los medios de separarla de mis propios sentimientos como quien arruga una carta demasiado dulce, demasiado tierna y duda si arrojarla definitivamente a la papelera.

 Al principio del puente y cada x metros, hay unas casetas abiertas de madera para descansar o guarecerse cuando llueve (en temporada de lluvias los aguaceros son  abundantes y muy intensos llegando el agua del lago a sobrepasar el suelo de tablones del puente). Frente a las mujeres que estaban sentadas en el banco había otra que, acuclillada junto a uno de los más de 1000 postes de teca afincados en el suelo del lago, sujetaba con ambas manos una cría de búho medio atontado. Mi solícita acompañante me indicó por señas que a cambio de unos euros podía devolver la libertad al pobre pájaro. Cuando accedí –a sabiendas de que estaba colaborando con el cruel negocio de captura de pájaros-, por una sensiblería de la que me avergüenzo, la mujer me ofreció liberar más y más pájaros: una nidada de búhos  adormilados, torcazas con las plumas de las alas apelmazadas de chocar contra los barrotes o, por el precio de un búho, cuatro de los gorriones que estaban apelotonados en el suelo de una jaula. Apenas fue un instante, y dos torcazas despegaron libres de nuestras manos entre una lluvia de plumón blanco. Entumecidas, atrofiadas las alas por el encierro, o adiestradas como aseguran los malpensados, fueron a posarse sobre las ramas de un árbol cercano.

Casi alcanzamos a ver esa imagen extraordinaria de los pescadores sumergidos en el lago, con el agua hasta el cuello –literalmente-, fumando al desgaire un cigarrillo de picadura. Pero nos habíamos entretenido demasiado con escenas cotidianas del puente, el ir y venir de las gentes, los llamativos hábitos de los monjes aleteando como banderolas sujetas a un mástil, la pareja de críos enfrascados con las peripecias del viento sobre una pequeña bolsa de plástico: se inflaba y se removía como una paloma queriendo echar a volar presa en la punta del palo que, a modo de caña de pescar, la niña sujetaba con ambas manos; la miraban como si fuese un prodigio fascinante. Me quedé de pie a su lado prendada de su inocencia. Entonces el niño me miró con los ojos entornados por el sol, que le deslumbraba, y me dedicó una condescendiente sonrisa que decía <<¿Qué…, a ti también te gustaría jugar, verdad?>>.Puente U Bein1 

La curiosidad me arrastró hacia delante donde otro pequeño, casi un bebé, era expuesto por su madre al objetivo de una cámara. Con patética sonrisa exculpatoria empujaba el niño hacia delante quien, con gesto huidizo, reflejo de una existencia rebajada y miserable, le hurtaba su mirada acobardada. No pude por menos que pensar que aquel horripilante maquillaje de pinceladas rojas y puntos dorados sobre la blanca máscara de thanakha ¡bien podía habérsela aplicado a ella en lugar de a su hijo!.Puente U Bein2

El puente dejó de ser un encuentro estimulante. El aliento caliente del lago me resultó pesado. Deseaba volver a sentir la brisa vivificante del Ayeyarwady. Y desde la soledad del barco, atendidos por sirvientes adiestrados en el silencio monacal, divisamos otros puentes, grandes puentes de acero que cruzaban el río allí donde se volvía ancho como un mar del que no se alcanzaba a ver la orilla.

Antes de llegar a Inwa atravesamos por uno de los ojos del gigante puente colonial construido y derribado, más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, por los británicos. Desembarcamos en un lugar donde los niños deambulaban ociosos por entre rastrojos, piedras y restos de madera. Nos seguían, pegados a nosotros, sin apenas dejar oír sus voces. En una minúscula construcción  de bambú y paja, una de esas tiendas de pueblo donde suele haber de todo –allí el todo es sinónimo de escasez, limitado por la pobreza del pueblo, por una miseria auténtica-, hicimos una parada para repartir entre aquellos cinco niños (que pronto se convirtieron en doce) unas cuantas golosinas que iban recogiendo educadamente con sus manos pequeñas y limpias. Todo era lento en aquella tierra aislada por los ríos. Subidos a un carro tirado por una mula, recorrimos caminos de tierra orillados por grandes árboles, que bajo un cielo azul brillante unían sus copas sobre nuestras cabezas, circundaban campos verdes, de ese verde deslumbrante que tienen los arrozales, en los que, de vez en cuando, surgía una reluciente estupa dorada, o servían de apoyo a un par de jóvenes que, embrutecidos por alguna sustancia, reían bobamente al paso del carro. Una torre vigía, torcida y esquelética como el dibujo de un niño, recordaba que Inwa había sido capital del reino birmano; Meh Nu Ok Kyaung, el recargado monasterio constuído por Meh Nu, esposa principal del rey Bodawpaya, ahora abandonado, también lo recordaba.

A Myanmar (Ava, Mingun)14Sin embargo, en el interior del monasterio de teca Bagaya Kyaung, la vida palpitaba perezosamente en los ojos y en los labios de los alumnos que repetían distraídos las salmodias del maestro. Fuera, una niña trataba de venderme algo. Para quitármela de encima le dí el regalo que me pedía pero… ¿para qué querría una niña un pintalabios?

En el embarcadero, poco antes de abandonar la isla, conocimos a Sule, el pintor de Inwa. Deseaba poner la mente en silencio, pero de nuevo los pensamientos se yuxtaponían como los árboles a los lados del camino orillando la última imagen del río, dorado ahora por los rayos del ocaso: puentes, pagodas, las Maries y los pintores, los niños, los pájaros.

 

A Myanmar. Puente U Bein6

10. Reflexiones ante las estupas de Sagaing

Tag(s) : #Fauna y flora

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