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Se llamaba Matilda. Pero no porque debiera de tener nombre de mujer, que para el caso daba lo mismo, sino porque era así como llamaban antiguamente al hatillo de los vagabundos; aunque tampoco sé que tiene eso que ver con aquel barco de lujo atracado en el muelle 26 de Darling Harbour, el que debíamos coger aquella soleada mañana de nuestro último día en Sydney.

Embarcarse en un crucero que bordea la costa es una de las mejores actividades que se pueden hacer en una ciudad volcada al mar como la ciudad de Sydney. Además, esa zona del planeta goza de buen clima tanto en diciembre como durante el resto del año. Aunque en el mar nada es seguro (cuatro días atrás, durante el vuelo de Hong Kong a Sydney, se produjo un devastador tsunami en el Océano Indico que asoló la costa de varios países, entre ellos Tailandia, donde habíamos estado el año anterior en las mismas fechas.  Desde que lo supimos, cada noche, en la habitación del hotel, encendíamos el televisor para escuchar las noticias que se iban produciendo. Por aquel entonces ya se hablaba de más de 60000 muertos).

 

Zarpamos a bordo del Matilda bajo un cielo azul, salpicado de pequeñas nubes, y un aire limpio y ligeramente salado. Dejamos atrás los rascacielos y nos adentramos en el mar, amparados por la costa verde y brillante interrumpida, a veces, por franjas de  arena blanca. Los caprichosos vericuetos recortados sin patrón que se ven desde el aire no eran sino múltiples bahías asomando al mar su lujuriosa vegetación; encantadores puertos naturales, protegidos de las aguas por adelantadas lenguas de tierra, albergaban decenas de yates y cientos de embarcaciones deportivas.  Los dueños de esas embarcaciones viven, por lo general, en la cima de las colinas cercanas, en casas unifamiliares de urbanizaciones de lujo; son, como había dicho nuestro amigo de The Rocks, la clase alta del país. Sus planes suelen girar en función del estado de la mar en donde pasan la mayor parte de su tiempo libre.

Tras pasar por Rose Bay y Shark Island, nos dispusimos a participar de un almuerzo marinero. Además de numerosas clases de pescados diferentes tipos de marisco llenaban fuentes y más fuentes del espléndido bufé; las reponían al ritmo que se vaciaban: langostas, cigalas, camarones, ostras, mejillones…. Como nos pasa casi siempre, no pudimos evitar compararlos con los nuestros, y aunque salieron bastante bien parados (la langosta  y las cigalas eran muy buenas), los mejillones y sobre todo las ostras (marisco predilecto de Alonso) estaban muy por debajo de los de las rías gallegas, comprobando así, una vez más, que el marisco gallego es el mejor del mundo.

Dejamos Manly a estribor, pasamos de largo por delante de Bradley’s Head y Fort Denison y, más o menos a la altura de Admirally House, se produjo el momento más esperado de la singladura: por un efecto óptico debido a la posición del barco dentro de la bahía, los dos iconos, la Ópera y El Puente Colgante, aparecen juntos. Luego, a partir de allí, cada cual vuelve a ir por su lado como dos astros, y ya sólo pueden ser vistos por separado.

Entender lo importantes que son la Opera House y el Puente Colgante para la ciudad de Sydney puede ser tan simple o tan complicado como entender el concepto de trinidad. Por nuestra parte, ese mismo día, a las 8 de la tarde, haríamos una incursión en la parte musical de esa especie de trinidad: teníamos una cita en el Concert Hall del Sydney Opera House.

Las entradas para el concierto del 28 de diciembre estaban muy solicitadas y era complicado conseguirlas, incluso con meses de antelación. Pero gracias a Patrick, nuestro agente en Madrid, teníamos reservadas dos flamantes entradas para el concierto de Navidad;  Andrew Greene dirigía la orquesta.

El interior del edificio de la Opera no tiene nada de particular si lo comparamos con los de Viena o París.  Pero la sala de conciertos, que es lo importante, está diseñada para una audición perfecta, y  la visibilidad es buena desde cualquier punto; algo que no se da en todos (como en el Teatro Real de Madrid donde hay asientos desde los que no se ve el escenario). A punto de empezar el concierto, ocupamos nuestros asientos en el  centro de patio de butacas que aparecía abarrotado de gente.

Debo reconocer que durante los primeros compases de la primera parte, estuve algo distraída. El aspecto físico de los componentes del coro atrajo mi atención por encima de la música. Sin ser totalmente consciente de ello, me puse a calcular la edad media de sus componentes: calculé que andaría por encima de los sesenta. Y es que nunca había visto un coro tan longevo.

Después de un aria de Puccini en la que la soprano Natalie Jones estuvo inmensa, la orquesta interpretó una obra española.  No salía de mi asombro. Oír nuestra  música allí, al otro lado del mundo, me puso la piel de gallina. La escuché como si sonara para mí solamente. Y no andaba muy desencaminada porque a juzgar por los aplausos no había en la sala más españoles que nosotros dos. Pero fueron tan sinceros, tan entusiastas, que el director de orquesta los agradeció como si fuera un aplauso unánime.

Después de un breve descanso durante el cual pude hacerme con el  programa que vendían por unos cuantos euros (allí, como en Nueva York, cobran hasta la saliva en el sello), volvimos a la sala. A poco de empezar la segunda parte,  los acordes graves y sostenidos de un contrabajo dejaron paso a una vibrante composición de Padilla. Fue como si una añeja bandera se desplegara y, con brío español, ondease por toda la sala. Aunque no sea ése el tipo de música que más admiro, me invadió un no sé qué que a punto estuve de soltar la lágrima. Esta vez el auditorio, al completo, explotó en aplausos que continuaron a ritmo de palmas durante algunos minutos.

Aquel concierto me reconcilió, en parte, con una ciudad que me había proporcionado momentos de duras sensaciones, algunas puras,  elementales, otras difíciles de asimilar y casi siempre contradictorias. La Ópera de Sydney con su Australian Philharmonic Orchestra resultó ser tan bonita por dentro como por fuera.

 

 

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24. Tahiti, un sueño cumplido

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MAPA DE SYDNEY (pinchar aquí)

Tag(s) : #Musical

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