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IM A0031


Siguiendo el plan de visita de la agencia estatal, Eva nos condujo al interior del Memorial Hall de Sun Yat-sen. Afortunadamente estaban preparando un acto militar y la visita se redujo a una breve inspección ocular. Fuera, en la plaza ajardinada presidida por la estatua del líder, los primeros rayos del sol hacían brillar los floridos parterres de cannas y tagetes impregnando el ambiente de un aire festivo. Realmente debía ser un día de fiesta a juzgar por los grupos de escolares que deambulaban por la plaza cámara en mano.


-Fue nuestro primer presidente –dijo Eva señalando la soberbia estatua-. Cuando en 1911 cayó la última dinastía imperial, la dinastía Qing, se fundó la República de China, y Sun Yat-sen fue nombrado presidente. También fue el fundador del Kuomitang, el partido nacionalista chino.


-¡Ah, Chiang Kai-shek! -dijo Alonso recordando al líder chino de su infancia-; era un personaje muy popular...


Eva se sorprendió: la bestia negra para los comunistas chinos y para su líder, nos resultaba más conocido que el primer presidente de la República y no menos que el propio Mao Zedong.


-Estoy hablando de la España de aquellos tiempos: El General Franco era partidario del nacionalismo y contrario a la expansión del comunismo en el mundo.


-Sí, sí. –Eva asentía como si estuviera informada-. Chiang Kai-shek estuvo casado con una hermana de la mujer del doctor Sun Yat-sen, y al morir su cuñado, pasó a ser líder del Kuomitang. Después del Gran Salto Adelante, cuando los nacionalistas fueron derrotados por los comunistas –lo decía como un triunfo personal-, en 1949, Chiang Kai-shek y los suyos huyeron a Taiwán trasladando allí su gobierno. Aunque los taiwaneses no quieran reconocerlo, Taiwán es de China.


Mientras la escuchaba, sentí cómo un zumbido se iba instalando en la plaza; eran las voces susurrantes y las risas contenidas de los escolares que se iban acercando. Un instante después, la plaza se había convertido en un ronroneante enjambre: decenas de chiquillos uniformados, distribuidos en grupos de seis o siete, se habían agolpado alrededor de la estatua. Un grupo de niñas pasó de largo y se dirigió directamente al lugar adonde nos habíamos apartado, en una esquina al comienzo de una calle.  La más alta del grupo se dirigió respetuosamente a la guía. No sabíamos qué le estaría diciendo, pero su discurso en cantonés parecía interminable; Eva la escuchaba dubitativa. Las demás nos miraban con mal disimulada curiosidad haciéndonos sentir dos seres extraños.


-Son de aldeas remotas –dijo Eva disculpándolas-, vienen de excursión a Guangzhou.


Lo cierto es que, a diferencia de Hong Kong, Beijing o Shanghai, a Guangzhou aún no habían llegado muchos turistas occidentales. Por otro lado, la barba es, tradicionalmente, un signo de sabiduría y alta dignidad entre los varones chinos; y Alonso lucía una respetable barba canosa.


Sosteniendo la cámara de fotos que una de las niñas dejó en sus manos, Eva tradujo lo que la otra le había dicho:


 
-Quieren hacerse una foto con ustedes y me piden que les pregunte si las dejarían; –sin darnos tiempo a contestar, se apresuró a decir-: pero no tienen que hacerles caso.


 
Eran unas niñas modositas y alegres, encantadoras, y accedimos de buen gusto. Al instante nos vimos convertidos en el centro de un bullicioso remolino: las cámaras volaban de mano en mano, las niñas se cambiaban los sitios y toda la plaza se alborotó con sus risas infantiles. Nos convertmos en el polo de atracción alrededor del cual giraba la exploración excursionista de aquella mañana festiva. Y ellas encantadas; a pesar de que la estatua de Sun Yat-sen no salía en la foto, no dejaban de disparar y posar, posar y disparar.


A aquel grupo sucedió otro y otro; y el de niños, que se había mantenido algo alejado, como a la expectativa, al ver el éxito de sus compañeras, se decidió a acercarse. Ya ninguno pedía permiso. Y posar con aquel occidental que parecía salido de un libro de la época de las cruzadas, parecía colmar sus intereses fotográficos, ¡qué fácil era contentarlos!   Pasaban las cámaras a Eva y ella seguía pacientemente sus indicaciones mientras yo me alejaba un poco dejando a Alonso todo el protagonismo.


Pero ocurrió que detrás de los niños empezaron a acercarse los mayores.

Una pareja de mediana edad luciendo una exuberante sonrisa, vino a sumarse a la fiesta. Se situaron juntos a la derecha de Alonso como quien lo hace posando al lado de una estatua. Seguidamente, tendieron la cámara a la guía dando por hecho que ése era su trabajo (lo autoritario del gesto me recordó las relaciones entre ciudadanos y campesinos de la época de Mao). Sin embargo, Eva recogió  con humildad la cámara, y con el respeto que sienten los chinos hacia sus mayores obedeció la orden implícita en su gesto. Pero cuando la pareja se despidió con una breve inclinación (a ella ni siquiera le dieron las gracias), y antes de que se acercaran otras que andaban al acecho, también con autoridad, una inusitada autoridad, dio por terminada la sesión fotográfica, y ante las caras de desilusión de sus compatriotas, tiró de nosotros alegando que el coche estaba mal aparcado.

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15. Después de una buena comida, las mejores filigranas chinas 


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