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Myanmar3

Nada hay en un mercado que no merezca una mirada,  siempre cautiva y asombra porque tampoco se espera ver asomar detrás de una cesta a un chimpancé haciendo malabares. Por eso aquella mañana, después de dos días enteros visitando pagodas, seguíamos al vital Myint Khaing, el muchacho de la torre naranja, a través del mercado Nyaung Oo. La mercancía estaba directamente en el suelo, extendida sobre paños o en cestas de mimbre. Había vendedoras de todas las edades, y lo digo en femenino porque apenas se veía uno o dos hombres  vendiendo. Una adolescente reposaba en el suelo rodeada de mazorcas de maíz. Un pequeño se agazapaba detrás de una montaña de troncos de thanakha mientras su madre le preparaba el desayuno. A un lado, acuclilladas en línea como pájaros sobre un tendido eléctrico, las campesinas exponían su cosecha de verdura, cestas con pepinos, repollos, judías tirabeques, tomates, coliflor, cebollas, achicoria, pimientos. Había puestos con variedades de semillas, bulbos y rizomas como el jengibre, y frutas de todo tipo. Y parapetado tras una rústica balanza de astil con platillos de mimbre, un hombre de edad indefinida –algo muy común en Oriente- sonreía esperanzado al ver nuestro interés por los distintos tipos de pescado seco que él vendía. De aquel  abigarrado espectro se desprendió una figura extraordinaria. Pero no era vendedora, su afán se centraba en ser inmortalizada para la posteridad occidental por una de nuestras cámaras. Sus arrugas centenarias estaban veladas por el humo de un puro de hojas de maíz, que chupaba con compulsiva avidez, mientras su mano descarnada apresaba como una garra una cajita de lata de thanakha.

-¡Cómprala, cómprala! –insistió Myint Khaing señalando la cajita de thanakha-. Es buena para el sol. Yo te la pongo…

Frotó el trozo de palo previamente humedecido sobre un cuenco de barro y me aplicó el emplasto. ¡Qué sorpresa al contemplarme en el espejo! ¡Por Dios, si parecía una birmana blanca! Sobre mis mejillas había plasmado sendas hojas de arce delineadas al detalle. Pero es que Myint Khaing no es un hombre, sino una sustancia debajo de un longyi anudado por delante (modo en que los hombres sujetan la tradicional falda unisex; las mujeres lo hacen entremetida en la cintura). Lo supe desde el primer momento, la madrugada del primer día, cuando esperábamos la salida en globo en la torre naranja. Pero lo elegí a él, un muchacho divertido, para que nos acompañara en una visita a la otra Bagan, la viva,  la de las gentes en su quehacer cotidiano.A Myanmar (Ava, Mingun)18

Después de visitar Swezigon Paya y de una agradable comida a base de tempuras y carne de búfalo en un restaurante a orillas del Ayeyarwady desde donde se tiene una bonita vista de la dorada Lawkanada Paya, en un recodo del río, nos encontrábamos paseando por las calles de tierra de un pueblo llamado Minan Thu. Acababan de hacer la cosecha de un fruto muy apreciado en la vecina China, y lo tenían amontonado frente a una casa de paredes de hojas entrelazadas y bambú y techo de paja, como son allí la mayoría. Las mujeres, sentadas en corro en el suelo de un chamizo, sonrientes como si fuera un trabajo divertido, meneaban sin pausa los cedazos para cribar las pepitas. Sorprende comprobar que siguen con costumbres ancestrales, conviven con sus terneros, vacas y cabras, la bañera es una tina de plástico y la ducha un cazo agujereado, las mujeres mayores usan la rueca e hilan en casa como antaño y las más jóvenes transportan pesadas cargas colgadas de los extremos de un durísimo palo que apoyan sobre los hombros; y a pesar de todo eso, como un anacrónico contraste, en la tienda del pueblo cuelgan tiras de chucherías en sus envases de plástico y los bollos y las galletas (made in China) son de fabricación industrial como en cualquiera de nuestras modernas ciudades occidentales. Lo supe casualmente cuando los niños de la aldea surgieron por decenas, como setas tras un período de lluvias, al correr la voz de que a Myint Khaing le acompañaba una especie de Santa que repartía lápices y bolígrafos. En vista de la larga fila que se había formado y de que mi bolsa colgaba ya vacía, me instalé en la susodicha tienda -para gran alborozo de la dueña y rabia de su hijo, que miraba a los otros con odio porque sólo él tenía el derecho de acercarse a tan suculentos dulces de forma gratuita- para comprar a medida que se acercaban nuevos críos; se fueron contentos y ya no volvimos a verlos. Una anciana que hilaba sentada sobre un camastro en su casa de puertas abiertas, sin prestar atención a la cabrita que comía de un saco de semillas, nos invitó a tomar una taza de té que aceptamos muy gustosamente. Debía conocer de antes a Myint Khaing porque se hablaban con mucha complicidad. Cuando llegó el momento de marchar y correspondiendo a su invitación le regalé un pintalabios para su nieta, que trabajaba en un hotel del antiguo Bagan. Después de examinarlo Myint Khaing exclamó con admiración: ¡Es bueno, es de Yves Saint Lurent! (Qué extraño sonaba su nombre en aquel ambiente…)

De regreso al Aureum Palace, Myint Khaing nos acompañó hasta la torre naranja. Poco después, desde el solitario comedor panorámico en lo alto de la torre, vimos cómo se alejaba sobre su bicicleta, cabeceando por el camino que discurría entre pagodas hasta convertirse en un punto anaranjado, engullido en la distancia por las sombras del atardecer. Antes de separarnos para siempre, había querido hacernos reír por última vez con otra de sus absurdas historias; sólo que esta vez nos hizo creer que se trataba de su propia historia:

-La madrugada que os conocí ¿os acordáis? –preguntó haciendo el gesto de rasgar las cuerdas de un arpa-… ¡Cómo nos reíamos!... Pues acababa de perder un cliente. Lo venía acompañando desde Yangon. Llevábamos 10 días de viaje.

Recordé, sí: Estábamos muy enfadados por el inútil madrugón, porque el globo no podía volar. Él, como si se tratase de un imperativo, nos había hecho reír sin parar. Por su trabajo como free lance, acompañaba a viajeros a través de Myanmar a lugares permitidos por el Gobierno. El viajero al que acompañaba entonces era un hombre educado, de edad madura, con quien había congeniado desde el primer momento hasta el punto de compartir habitación y <<con ello –dijo- evitar pérdidas de tiempo>>.

-Pero esa noche…, aquella noche, se empeñó en hacerme preguntas –dijo Myint Khaing con risa torcida, amarga-. Amenazó con interrumpir el viaje si no le revelaba mi identidad, que sospechaba que era distinta a la que aparentaba. Como vosotros también sospecháis…, lo sé –nos espetó sin mirarnos, temblándole los labios.

Interpretando nuestro silencio como una invitación a que prosiguiera su relato, preguntó razonable-:

-¿Qué qué hice? Pues decirle la verdad. Y para convencerle, deshice el nudo del longyi delante de él, así -dijo mientras se desataba el longyi y lo reajustaba a la cintura al modo femenino- y me lo puse como lo llevaba antes.

Nos quedamos mudos. No quedaba nada del Myint Khaing que habíamos conocido; que corroborara mis sospechas no me producía satisfacción alguna. Aquella madrugada había escondido la angustia de su blando pecho de mujer provocando nuestras carcajadas. Ahora sus ojos estaban llenos de lágrimas y un rictus envejecido y triste se abría paso a través de la máscara juvenil de sus rasgos orientales.

Birmania-Indonesia S 427

14. El Lago Inle

Tag(s) : #Insólito

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