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A Myanmar (Bagan)10

Daba igual cómo lo hiciéramos, en coche, en bicicleta, en carruaje de caballos, incluso en buggy, en todos los casos cada camino, cada senda que tomábamos cruzaba la llanura polvorienta hasta desembocar ante un monumento de aquel dormido bosque de pagodas que era Bagan. Algunos monumentos permanecen vírgenes y pasan desapercibidos pero otros, los más llamativos, se dejan husmear como animales exóticos enjaulados, muestran sus entresijos vacuos y oscuros a la curiosidad del visitante, o desaparecen ante la miopía de aquellos que se resisten a alejarse de sí mismos: ¿Pero es que no hay una bombilla aquí? ¡Las pinturas están desconchadas! ¡Por Dios, qué abandono! ¿Es que no hay nadie que haga algo?

El ardiente sol de marzo caía implacable sobre la tierra sedienta y solitaria apenas aliviada por el aliento fresco de unos pocos árboles. Por eso al entrar en Shwe San Daw Paya, la bonita pagoda blanca que Anawrahta mandara construir tras la conquista de Thaton, y deambular por sus estrechos pasillos fríos y sombríos, desproporcionadamente altos, que se entrecruzan y dan vueltas alrededor de altares solitarios presididos por imágenes de Buda, no me preocupó el que de aquellos espacios oscuros habitados por ratas pudiera salir alguna serpiente o escorpión, que, huyendo del calor, se hubiera refugiado en el interior del templo; aunque hace siglos que los templos de Bagan han dejado de ser activos, tanto su suelo como la tierra que los rodea no han de ser pisados si no es con los pies descalzos, y así recorríamos pasillos y corredores sin apenas luz que alumbrara dónde pisábamos.

Siguiendo el camino hacia el este está el Dhammayangyi Pahto. Es éste un templo amurallado que por sus grandes dimensiones puede ser visto desde cualquier parte de Bagan. Tiene la particularidad de que el deambulatorio interior y tres de sus cuatro altares fueron tapiados hace varios siglos como desquite de los obreros –dicen- por la actitud intransigente del rey que la mandó construir, pues exigía que entre los ladrillos (unidos sin argamasa) no quedase el más mínimo espacio, ni tan si quiera para dejar pasar un hilo. El recorrido de la mañana de ese primer día culminó en Sulamani Pahto que, a diferencia de los anteriores y a través de estratégicas aberturas en sus muros, permitía que las imágenes de Buda y los frescos de las paredes de los deambulatorios interiores se inundaran de luminosos tonos amarillos.

 Al otro lado de la carretera está mi templo favorito. El venerado monumento, con terrazas escalonadas, su htyi en forma de mazorca y sus cuatro agujas doradas en las esquinas de una plataforma elevada, tiene en las terrazas baldosas vidriadas con escenas del jakata, cerradas al público. Los pasillos interiores son altos y estrechos y están horadados por interminables filas de hornacinas, que se pierden en lo alto de los muros, mientras cuatro imágenes erectas de Buda ocupan los cuatro puntos cardinales del deambulatorio interior. El Buda original, que se ausentó de su nirvana para venir a acomodarse al Ananda Pahto, al norte y al sur, es dorado, con ojos serenos de mirada ausente, con una sonrisa cambiante, sonrisa humana, de forma que si me mantenía a una distancia que pudiera considerarse adecuada sonreía magnánimamente ofreciéndome el bienestar eterno, pero a medida que avanzaba hacia él su gesto se iba crispando hasta convertirse en una mueca de desagrado. Era como si quisiera recordarme una vez más las últimas palabras con que alertó al fiel Ananda:

-¿Y señor cómo hemos de actuar con las mujeres?

-No viéndolas, Ananda.

-Pero si las viéramos ¿cómo hemos de actuar?

-No hablándoles, Ananda.

-Pero señor, supongamos que no podemos evitar hablarles.

-¡En ese caso, Ananda, tenéis que permanecer atentos!

Me alejé y de nuevo me sonrió. Y cuando pasé ante el  Buda del este y el del oeste supe, sin más que observar su rostro, impasible al acercarme, que ninguno de los dos era el original.

La salida por la puerta oeste conduce al Ananda Ok Kyaung, un pequeño monasterio, con encantadoras pinturas murales, silencioso; alejado de los  vendedores de cuadros  de arena y objetos de laca que suelen situarse a la entrada de las pagodas más importantes. En ese mismo lado de la carretera, entre el verdor de las ramas altas de los árboles, asomaban las terrazas escalonadas de ladrillo rojo del Htilominlo Pahto. Y de nuevo el deambulatorio interno se interrumpe en sagrarios con imágenes de Buda, aquí sentados, situados según los cuatro puntos cardinales.

Desde que entramos al yacimiento arqueológico, el sol, que se había dirigido lentamente a su cenit, descendía ahora con celeridad. Y cuando cruzamos de nuevo la carretera y en coche de caballos nos dirigimos a Pyathada Paya, unas franjas marrones, que antes no estaban, se fueron arrastrando hasta situársele delante. No quería perder el momento y subí rápida las empinadas escaleras que conducen a la primera terraza de la pagoda y giré hacia la izquierda donde las nubes se habían compactado y apenas dejaban entrever el halo anaranjado del astro. Al final de otra escalera, casi vertical, estaba la pequeña y última terraza. Desde allí veía las pagodas de la extensa llanura que tenía debajo aguardar desvalidas, en quietud y soledad, los últimos destellos del ocaso, esa luz rojiza que cada día las rescata del erial del que se encuentran rodeadas. Me sentí demasiado sola allí arriba, con la única compañía del aire denso, caliente, inmóvil, cuando apenas faltaban unos minutos para que el sol bajara a esconderse definitivamente detrás de las montañas; observaba la tozudez de aquellas nubes inútiles y estériles, que ni siquiera traían agua, impidiendo a aquel paisaje sediento encenderse con el brillo del último resplandor. De pronto sentí en la cara un soplo de brisa. De las copas de los árboles venía el leve murmullo de las hojas agitándose. Y las nubes, que se interponían entre el paisaje, yo y el sol,  se estiraron horizontalmente en franjas de un marrón cobrizo, hasta desvanecerse, llenando el aire  de un polvo dorado. La tierra y el bosque de pagodas se cubrieron de oro rojizo, con siluetas brillantes que se recortaban sobre el cielo azul, matizado por infinitas partículas; un cielo rasgado por destellos rojizos, de esa forma que a todos nos gusta y no queremos que desaparezca y cuando ocurre, prometemos que volveremos a hacer exactamente lo mismo.

Birmania-Indonesia S 311

13. La vida en el otro Bagan y la importancia de cómo llevar el longyi

Tag(s) : #Templos

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