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  Desde el Hotel de Los Reyes Católicos. Santiago de Compostela. 

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Sería sencillo decir que mi amiga lo pensó mejor y en el último momento, miró al novio y se fugó; pero por desgracia no fue tan sencillo. No es que lo que tengo que contar haya tenido, como podría haber sucedido, un trágico final. No, son las circunstancias que hicieron que todo fuera distinto a lo que ninguno de nosotros podía haber imaginado.

Llegamos justo a tiempo de ver a Lili salir de la catedral, cimbreándose como un junco, sonriente y encantadora, menuda y delicada dentro de su precioso vestido de novia. Venía del brazo de su ya marido. Yo lo conocía por haber sido también profesor mío en la universidad de Santiago… aunque hube de reconocer que estaba muy mejorado, con su chaqué alquilado, el pelo engominado y el bigotito bien recortado; parecía un geyperman  tamaño natural; incluso las cejas, que antes parecían toldos oscuros extendidos sobre sus gafas, lucían ahora brillantes y bien depiladas.

Lili y yo somos amigas desde nuestro primer año de universidad, cuando compartimos cuarto en la residencia de estudiantes. Recuerdo que por aquel entonces a Lili le gustaba usar los vestidos de las otras, en particular los míos que, decía, le traían buena suerte. Podría decirse que no había vez que saliera con su novio que no llevase un vestido mío. Aunque nunca llegué a expresarlo claramente, a mí aquello me fastidiaba un poco, y no porque yo sea una persona exageradamente escrupulosa sino que, debido al economicismo que caracterizaba a las monjas, que nos dejaban sin agua caliente desde las seis de la mañana, Lili hacía más uso de colonias y desodorantes que del gel de ducha -eternamente duradero en su bonito bote rosado-, y esa mezcla de olores impregnaba de forma imperecedera no sólo su ropa sino también la mía. En lo que sí estábamos las dos de acuerdo –con la oposición de la otra compañera de cuarto- era en desafiar, casi por honestidad, la prohibición de asomarnos a la ventana las noches de serenata. Y es que en el caso de Lili sería imperdonable no asomarse: su novio, un chico alto de ensortijado cabello rubio y bastante guapo que no sabía cantar ni tocaba ningún instrumento, hacía un dispendio comprando un buen güisqui para que un par de tunos o tres (él no estaba matriculado en ninguna facultad) vinieran a rondar a su novia. Este desafio a la autoridad le valió a Lili la expulsión del centro. Aunque ella dijo, en el momento de despedirse, que el motivo había sido que se acostaba con su novio. Pero yo sabía que eso era una fanfarronada suya: no había pasado una sola noche sin que su respiración, honda y bronca, atravesara la habitación llegando a mis oídos, clara, nítida y descompasada.

De eso habían pasado tres años y siete meses, más o menos. El comedor real del Hostal desbordaba luminosidad y una nube de camareros, moviéndose al unísono como un solo hombre, se desplegaba en torno a las mesas como piezas de un ballet al compás de la italiana  de Mendelssohn, interpretada por el cuarteto de cuerda que había actuado en la catedral y ahora animaba la cena. Todo transcurría con la alegría normal de una boda en la que ambas familias están satisfechas. Pero cuando trajeron la tradicional tarta de boda de siete o nueve pisos, se produjo un hecho insólito: ya fuera porque el flamante marido se había alejado, enzarzándose en una conversación con una pareja invitada, o porque la novia se puso nerviosa, el hecho fue que ésta, rodeando con ambas manos las del camarero que, usurpando el papel del novio, sostenía el sable desenvainado, procedió a cortar la tarta. Al estupor general le sucedió un silencio acusador, que al instante se convirtió en una oleada de murmullos, que desembocó, incomprensiblemente, en una explosión de aplausos incongruente y desaforada. Y, tras un breve pero agasajado encuentro entre los recién desposados, él reanudó lo que debía considerar era su obligación: ir de mesa en mesa saludando uno por uno a los más de doscientos invitados. Mientras, el entrechocar de copas y el intermitente descorchado de  botellas de champán rivalizaban con las notas desgranadas por los instrumentos de cuerda, a la espera de que los novios abrieran el baile con el clásico vals. Sin embargo, el esperado momento no acababa de producirse porque… ¿Dónde estaba la novia? ¿Dónde diablos se había metido Lili? Su madre se acercó a nuestra mesa visiblemente preocupada. Quería que Jacobo la acompañase a buscar a Lili, pensaba que el motivo de que se retrasase tanto podía deberse a que no se encontrara bien. Me uní a ellos. Chequeamos los baños, recorrimos pasillos arriba y abajo, la buscamos por varios salones y dos de los cuatro claustros…; ya nerviosos, fuimos a recepción: Lili había recogido la llave de la suite  reservada para la noche de bodas. A través de la puerta, reconocimos la voz susurrante de Lili. Llamamos. Pero no acudió a abrirnos. Apareció a nuestro lado el flamante marido sosteniendo una botella de champán y dos copas. Le siguió el padrino con otra botella. Se formó una procesión delante de la puerta, una cola de botellas y copas; las amigas de Lili y sus cuñadas también con copas y acompañadas de la camarera de planta con la llave maestra.

Desde su cama con baldaquín, Lili nos miraba sin dar crédito, la boca abierta a punto de desencajarse. Y nosotros, al verla, sentimos una incomodidad y una vergüenza que tenía que ver con el camarero que en ese momento nos daba la espalda. Por un momento, el marido no reaccionó. Luego, con una risa  absolutamente teatral, dio la vuelta y desapareció. El camarero saltó de la cama, se arregló los faldones del frac y, con un movimiento mecánico de cabeza, echó hacia atrás los dorados rizos que le caían sobre la frente, luego, con el mismo aplomo que si viniera de dejar una comanda, recorrió los pocos metros que separaban la cama de la puerta. Los gritos de la madre de Lili debieron de oírse en todo el Hostal. Las cuñadas se despacharon a gusto (en mi vida volví a escuchar tal variedad de improperios ni tantos insultos  juntos) cuando el antiguo novio de Lili, ahora camarero, se las cruzó por delante. Me acerqué a Lili, que sentada en el borde de la cama emitía un murmullo de lamentaciones y gemía, pero sin echar una sola lágrima. Me senté a su lado y la estreché entre los brazos meciéndola, incluso improvisé unas palabras de aliento; rió cuando le dije: << Hoy no has tenido muy buena suerte. Tenías que haberte puesto mi vestido de novia >>.

Cuando la familia e invitados de la otra parte abandonaron el comedor real, el resto de nosotros nos dispusimos a escuchar las lamentaciones de los padres de mi amiga. Sin embargo, al final, acabó pagando el que menos culpa tenía: el subdirector del hotel se volvió loco yendo de una a otra familia, ninguna de las dos quería hacerse cargo de la factura del banquete.

 

 

 

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