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Desde el Hotel Shilin. Huangshan. China.

 

Huangshan. China

 

El día que teníamos previsto tomar el funicular que nos dejaría a los tres en el hotel de montaña, Lien-ying apareció dos horas más tarde. Su blusa era nueva, y también sus zapatillas deportivas. Tenía los ojos rojos y los párpados hinchados de haber pasado la noche en blanco.

Lien-ying vivía con sus suegros en una casa tradicional de madera de la dinastía Ming en la ciudad de Tunxi, a los pies de la montaña. Me ayudó con el equipaje (había que dejarlo en un hotel, sólo podíamos subir lo imprescindible para los cuatro días), y antes de tomar el funicular, que aún siendo el más largo del país (tiene un recorrido de cerca de 4 kilómetros) sólo sube hasta los 890 metros de altitud, se preocupó de reservar un palanquín para Jacobo pues el hotel estaba situado varios kilómetros más arriba.

Durante el ascenso por la escalera de piedra que recorre la montaña, Lien-ying y yo marchábamos detrás de los angarilleros, que subían a paso rítmico y apurado animándose mutuamente con alternados suspiros, <<huú>> - << haá>>, << huú>> - <<haá>>… De vez en cuando, hacían una parada para descansar en algún mirador. Pero la niebla apenas dejaba ver más allá de las paredes escarpadas por cuyas ranuras pétreas asomaban los pinos, porfiados y tenaces pinos, con sus ramas oscuras, extendidas como brazos. Yo permanecía callada, sin resuello, ya no tanto por el propio cansancio sino compadecida de los esforzados mozos que cargaban el palanquín; y por aquellos otros que nos adelantaban, cargados con comida, enseres y bolsas de viaje, encorvados por el peso y la pendiente.Huangshan. China.22


-Anoche, después de irse mi marido a Shanghai, llamó mi madre –comentó Lien-ying mientras descansábamos en un recodo, contemplando los picos de piedra que surgían del vacío blanquinoso, que comenzaba a disolverse-. Los médicos le diagnosticaron cirrosis. Dicen que puede ser consecuencia de una hepatitis mal curada durante su juventud.

Yo sabía que en la China tradicional donde el nacimiento de una niña era recibido por la mayoría de los padres como un mal augurio para el futuro de la pareja, Lien-ying era una excepción. La madre de Lien Ying adoraba a su hija, y el padre, contrariado al principio, la había convertido, al hacerse mayor, en el centro de su vida. Sin embargo, la tradición había pesado en ella más que sus sentimientos filiales: vivía con sus suegros y se ocupaba de atender sus necesidades, que habiendo sido cuadros del Partido eran menos acuciantes que las de sus padres, víctimas de la Revolución Cultural.

-Además está mi padre… -decía esto como si estuviese observando los platos descompensados de una balanza a la espera de que alguien le ayudara a estabilizarlos-: Tiene los pulmones rotos desde hace años….

Yo le insinué que, en su lugar, antepondría el cuidado de mis padres a cualquier otra consideración, pero me di cuenta de que esa idea golpeaba la rectitud de su corazón vulnerable, que la rechazaba con terquedad; y dije:

-En una residencia podrían cuidarles ¿O es que no hay residencias de mayores en China?

-Sí, sí las hay –respondió agradecida-. Pero hoy día están muy solicitadas. Además... Sería injusto que por un lado atendiera a mis suegros que están sanos, y, por otro, a mis padres enfermos los internara en un asilo ¿no te parece? Estos días me servirán para entenderlo todo mejor.


En el hotel que era acogedor, limpio y barato, descansamos los tres en el salón, que era muy espacioso (los dormitorios eran minúsculos; sobre todo el baño donde la ducha se proyectaba junto a la taza de váter).Huangshan. China.1 Y Lien-ying, que seguía con la mirada triste, desconcertada, de quien se ve obligado a llevar una existencia distinta a la que tenía planificada, dio rienda suelta a sus ideas, en su mayoría contradictorias. Jacobo y yo la escuchamos quejarse de que el trabajo hubiese llevado a su marido a vivir en Shanghai, y de terminar atada a un pueblo que no era el suyo, con unos suegros que se mostraban encantados de que su único vástago fuese varón, pues estaban convencidos de que contarían con los cuidados de una nuera por el resto de sus días. Lien-ying pensaba que los chinos seguían sin aprender gran cosa de la vida.

Con el vaso de cola aún lleno entre las manos contaba lo dura que la vida había sido con sus padres que, desde jóvenes, no había dejado de hostigarles:

-Fijaos –decía Lien-ying-, de la noche a la mañana se encontraron las aulas cerradas; y a ellos les enviaron al campo para su reeducación .-Contó cómo pasaron aquellos años..., en una aldea de una región húmeda y fría del norte, trabajando como campesinos, transportando pesados cestos de abono desde la aldea a los labrantíos, distantes en la montaña, por caminos empinados y resbaladizos. La Revolución Cultural les había robado su juventud. Lien-ying pensaba que ésa era la causa de sus dolencias, de su vejez prematura.

 

En el comedor del hotel nos sentamos a una mesa un poco apartada. De los muchos y variados platillos, los más apetitosos eran los guisos de carne, pero separar la carne de los huesos equivalía a una pelea con palilloos donde los trozos saltaban del plato como las bolas de golf en el campo. Jacobo renunció malhumorado. Pero yo no podía resistir tan rico aroma. Y después de varios intentos, y sin hacer caso de las burlas de mis dos acompañantes, conseguí imitar a Lien-ying que, al igual que el resto de comensales y a pesar de lo fina y delicada que es, se llevaba a la boca los trozos enteros;  después de un rápido meneo por los carrillos, escupía al plato los huesos, mondos y lirondos.

-¡Qué no darían por estos huesos cuando el Gran Salto Adelante…!  

-Sí, si. Hubo una hambruna terrible -corroboró Lien-ying-. Pero es normal. ¡Imagínate… abandonar los cultivos para fundir metales! En la comuna de mis padres incluso fundieron los aperos de labranza para cumplir con la tasa de producción que exigían los cuadros…

Después de almorzar hicimos una ruta corta por la montaña donde se ubicaba el hotel. A lo lejos se veía parte de la ruta que haríamos al día siguiente; me pareció temerario aventurarnos por aquella especie de andamios, amarrados a la ladera de las montañas. Lien-ying trató de tranquilizarme: hacían una revisión al año para reparar lo que hiciese falta. Yo me pregunté si acababan de repararlas ahora o todavía faltarían doce meses para la revisión anual.

Guiados por Lien-ying, recorrimos buena parte de la la inmensidad de Huangshan, cada día por una ruta distinta. Y, en efecto, las pasarelas estaban fuertemente adheridas a la ladera de las montañas, se hallaban en perfectas condiciones y proporcionaban una sensación de seguridad tal que olvidabas los metros de vacío que tenías por debajo.Huangshan. China.26 Al final del día estábamos tan agotados que no había lugar para ninguna otra preocupación que no fuera la de dejarse caer en la estrechez de la cama; y hasta, en esos momentos, la ducha sobre el wc parecía lluvia cayendo suavemente sobre el prado.


Cuando volvimos a Tunxi, Lien-ying nos dio las gracias; al parecer le habíamos ayudado a comprender mejor su situación y a tomar la decisión adecuada: Volvería a Beijing. Estaba convencida de que si se mostraba firme, sus suegros la seguirían: en el hutong de sus padres había espacio suficiente para las dos familias. De ese modo  ella podría volver a su antiguo empleo en la agencia (donde le pagaban el doble de lo que ganaba su marido en Shanghai), y él podría ocuparse de los padres de ambos y de la casa.

 

Un mes después recibí un correo de Lien-ying.

 

Os estoy muy agradecida por vuestra compañía y los buenos consejos que me habéis dado. Mi marido encontró plaza para mis suegros en una residencia en Shanghai. Y mis padres están muy contentos con la decisión que tomaron, dicen que están recuperando los años perdidos, pues han vuelto a ejercer su profesión y dan clases a sus compañeros de asilo. Yo encontré trabajo en Shanghai, en la misma agencia que mi marido, así que espero que nos contratéis cuando volváis por aquí.

Abrazos

Lieng-ying

 

P.S. Estoy embarazada de tres meses. No sabemos si será niña o niño pero nos da lo mismo.

Abrazos

Lieng-ying


Montañas Amarillas3-copia-1

Huangshan 

 

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