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Estábamos parados ante un semáforo en Yaowarat, Chinatown, rodeados de motocicletas por todas partes. Aparecían sin cesar por entre los coches en filas interminables hasta dejarnos inmovilizados. Eran como regueros de hormigas rodeando al tábano trincado a la entrada del hormiguero. Y todo eso para, como generales en jefe, situarse en primera línea de ataque en barrera ancha y compacta. Claro que esa situación de privilegio dura lo que tarda un semáforo en cambiar del rojo al verde; 25 caballos no dan para más.

Pero eso no es nada comparado con el número de motocicletas en Hanoi o Saigón; allí dicen: dos vietnamitas, una moto. 

Un número sin fin de llamativos, luminosos y coloristas anuncios, se sucedían ante nuestros ojos. Era tal la cantidad que apenas dejaban ver las casas.  Los puestos de comida caliente, hecha allí mismo, se apiñaban  a la entrada de otros negocios más importantes; y las "tiendas amarillas", todas iguales entre sí, nada semejante a lo visto en cualquier otro lugar: la fachada es un cristal que deja ver el interior: una pared expositora invariablemente amarilla y un mostrador delante. Desde el coche no distinguía bien qué clase de mercancía era, pero todas las tiendas tenían la misma (algo incomprensible). Podría tratarse de mercerías con profusión de cintas amarillas pero... ¿todas iguales?

-Son tiendas de oro de los chinos.
¡Lo que parecían cintas o cortinas amarillas cubriendo las paredes, eran filas y filas de miles de cadenas de oro! Y así, una y otra joyería china de oro de 24 kilates a un lado y otro de la calle.

-¿Y cómo tienen tal cantidad de oro en las tiendas?

-Los chinos venden mucho oro; lo venden al peso –Juan sonreía por la sorpresa que nos causaba ver oro en aquellas cantidades, como si las cinco toneladas y media del Buda de Oro no hubiesen sido suficientes-. El precio lo apuntan con tiza en la puerta. La gente, cuando tiene dinero, compra objetos de oro en lugar de meterlo en el banco; por ejemplo, si han hecho un buen negocio o han juntado algún dinero... Yo tengo una cadena, pero es pequeña.

-Me gustaría volver –dije-; para poder verlo de cerca.

-Cuando quieran les traigo, pero ahora debemos seguir para ver el Wat Phra Kaeo.

-¡Sí, sí! ¡Vámomos! –dijo Alonso-: Hoy no es día de comprar oro: ni yo hice un buen negocio, ni mi mujer ha juntado dinero.

8. El Wat Phra Kaeo y el Gran Palacio

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Tag(s) : #Mercados y joyas

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