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Aquél día era uno de los más anhelados del viaje: visitar los templos budistas y poder contemplar de cerca una imagen de Buda. Y ver, quizás, los míticos sacerdotes de mirada plácida envueltos en sus largos hábitos naranja y con las cabezas rapadas al cero, incluidas las cejas.

Juan nos recogió en el hotel a primera hora de la mañana. Antes de salir me miró de arriba a bajo, ¿me estaba pasando revista?

-Veo que lleva el calzado adecuado –murmuró compensando sus palabras con un gesto de humildad. Luego aclaró-: En el Gran Palacio sólo se permiten faldas o pantalones largos, y en las mujeres están prohibidas las sandalias abiertas por detrás.

No alcanzaba a comprender la razón, y la expresión de mi cara me delató.Mientras cruzábamos el vestíbulo en dirección a la salida, Juan debió considerarse obligado a dar más explicaciones.

-Esa norma es solo para las turistas, las mujeres de aquí pueden entrar con cualquier tipo de calzado.

-¡Vaya! ¿Las nativas pueden ir con chanclas, y las turistas no? ¡Qué poderío!

Antes no lo comprendía, pero ahora no me cabía en la cabeza.
-Yo tampoco lo entiendo –aseguró Juan con gesto compungido-. Le aseguro que no entiendo cuál puede ser el motivo por el que no se exige el mismo calzado a las tailandesas que a las extranjeras; pero es así.

Los pies desnudos pueden ser motivo de distracción en un ambiente de recogimiento, lo puede entender cualquiera, incluso pueden llegar a resultar eróticos para determinadas mentes, y hasta seductores. Y por supuesto que las chanclas son ruidosas, irrespetuosas, etc., ¡pero tanto si se trata de indígenas como de extranjeras!. Me gustaría conocer la explicación de esta norma discriminatoria; seguro que la hay. Aunque, a su vez, ésta sea una razón inexplicable.

El chofer aguardaba pacientemente con las puertas del coche abiertas. Ya dentro, Juan nos adelantó el itinerario para ese día.

-Ahora vamos al templo del Buda de Oro, el Wat Traimit, en Chinatown; queda cerca de aquí. Luego visitaremos el Palacio Real.

 

 

Seguíamos estando en el lado Este del río Chao Phraya. Las calles por las que pasábamos estaban muy concurridas. Llegamos a un punto en que el coche apenas podía avanzar por la cantidad de gente y de toda clase de vehículos que aparecían aparcados de cualquier manera por todas partes.

-Es mejor dejar aquí el coche. La calle Tri Mit, donde está el templo, no queda lejos; llegaremos antes si vamos andando –dijo Juan.

Nos metimos en una marea de gente atareada que se movía en todas direcciones. Era un hervidero de carretillas y de personas inmersas en un incesante trasiego de mercancías; tal y como sucede en las cercanías de los mercados de cualquier ciudad a aquella hora temprana de la mañana cuando toca  descargar los productos destinados a los puestos de venta.

Juan se detuvo para enseñarnos algo en lo que no reparamos. Retrocedimos hasta una especie de mercadillo callejero cubierto por un techo, aparentemente provisional, de plástico ondulado de color verde que transparentaba la mugre negra depositada encima. Aquello no era un mercadillo convencional, allí no se vendía mercancía alguna. Cada puesto era, en realidad, un altar o capilla con una o varias imágenes de tamaños pequeños y medianos; de pié o sentados; de dioses hindúes, de Buda y de santos metidos en urnas de cristal o en la cima de altares dorados recubiertos de chillonas telas. Por las paredes colgaban carteles como los que anuncian los precios de las tapas de los bares castizos, con escritos en negro y rojo al margen de fotografías de imágenes religiosas. Cada altar-tenderete aparecía atiborrado de todo tipo de ofrendas: ramos de flores naturales y de plástico, solas o formando guirnaldas de todos los tamaños y colores; cuadros de distintas divinidades tras cajas transparentes conteniendo monedas y billetes; velas encendidas, apagadas y bastoncillos de incienso humeantes, y lamparillas de metal dorado con agua y aceite y un pábulo flotando; calabazas, sandías y melones talladas como nidos de abeja… Todo formaba un batiburrillo mísero y tacaño envuelto en humo y casi sucio.

Absurdamente, interpreté aquello como un anticipo de lo que vendría detrás y me quedé totalmente desilusionada ¿sería ése mi primer contacto con los templos de Tailandia? Como primera impresión, no podía ser más decepcionante; incluso llegué a pensar que el Buda de Oro que íbamos a ver no tendría más oro que el del nombre que le daban.¡Qué poco sabía yo entonces de Tailandia! Aquél pensamiento desinformado desapareció al doblar la esquina.

 6. Cinco toneladas de oro puro para un Buda

Tag(s) : #Urbano

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