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Desde el Hotel Las Hayas. Ushuaia. Argentina

 

Glaciar Onelli2

 

 

Estaba aterida de frío y hambrienta y en la estantería no había más que licores. Dijo al barman, que se había acercado a la mesa, que necesitaba tomar algo caliente. Él le respondió que el restaurante aún no había abierto pero que se las arreglaría para tratar de complacerla. Al rato apareció con  una humeante y esponjosa tortilla francesa. Me recordó a mí misma cuando era pequeña, cenando en casa, siempre sola porque era hija única. O cuando estuve interna (por voluntad propia, para estar con mis amigas) y me puse enferma un día, la  monja espolvoreaba azúcar sobre la tortilla para que me resultara más apetitosa. Nuca me había gustado estar sola y comprendía perfectamente la angustia de Laura; además la suya era una soledad amarga y cruel. Habíamos quedado con ella en el hotel antes de que saliera de crucero por la Antártida: buscaba evadirse durante unos días de su conflictivo divorcio. Su marido, mi primo rico de Miami, se había dado cuenta tras quince años de matrimonio de que sus caracteres eran incompatibles y disputaba a Laura la custodia del hijo que tenían en común con la excusa de que era una mujer descuidada.

 

Supuse que el tener la compañía de Tim durante el crucero podría tener sobre ella una influencia beneficiosa, pero después resultó ser una fuente de preocupaciones que terminó en una terrible desgracia.

 

Laura reconoció más tarde, cuando regresó, en vísperas de Nochebuena, que no debía haber llevado a Tim a un lugar tan inhóspito como Ushuaia y mucho menos al crucero en barco. Había dejado que saliera de noche a dar un paseo por cubierta, debió asomarse a la borda sin que ella lo viera… y  se cayó al agua. Para cuando los del barco oyeron la alarma y pudieron rescatarlo, las heladas aguas del Antártico le habían congelado la sangre. La vida era peligrosa, todo le salía mal. Sabía que ella tenía gran parte de culpa, se equivocaba constantemente en casi todas sus decisiones. Pero en el fondo le admiraba pensar que ella siempre se zafaba. Sentí cierto desasosiego al comprobar que en cierto modo le consolaba pensar que lo que había ocurrido no era una desgracia sólo para ella sino también para David, ese enemigo suyo cuya furia se había pasado todos estos años intentando aplacar; así que le llamó inmediatamente. Se quedó petrificada cuando le oyó al otro lado del móvil soltar una estruendosa carcajada. Después de calificarla de descerebrada, la amenazó diciendo:

 

-Y aún pretendes que el juez te de la custodia de nuestro hijo cuando ni siquiera sabes cuidar de un pobre chiguagua.

 

Laura se encerró en su habitación del hotel, no quería hablar con nadie. La vimos fugazmente cuando vinieron a recogerla para su vuelo de vuelta a Miami.

 

Glaciares Patagonia1

 

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Tag(s) : #Invierno

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