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Madha Pradesh, Maharastra, Goa179

Mercado de Mahalakshmi

 

Cuando miraba el mar, cuando toda la bahía estaba al alcance de mi vista, tenía que dividir lo que veía en dos partes. Por un lado estaba la mezquita Haji Ali, que ocupando una pequeña isla, parecía flotar directamente sobre el agua. Al otro lado, en lo alto de un risco que cortaba la bahía, se alzaba el Mahalakshmi Temple, un templo hindú cuya rotunda cúpula de mazorca parecía desafiar los embates de las olas del mar Arábigo.

-Es del siglo XVIII –comentó Hari (llamaré así al guía)-. Lo levantaron allí porque cada vez que construían un bancal, era barrido por las olas. El constructor soñó que si levantaban un templo a la diosa, el mar lo respetaría. En el interior del templo no hay nada,  sólo la estatua de Lakshmi –dijo con intención de disuadirnos de visitarlo; cosa que no logró.

En el interior del monovolumen, acuclillado en el maletero junto a la silla de ruedas (su herramienta de trabajo para ese día), Suresh apenas destacaba del color grisáceo de la tapicería, su piel oscura ofrecía un aspecto terroso como si se hubiera dado un baño de ceniza. Su mirada apagada, ausente, hablaba de su desinterés por el mundo, desengañado por la indiferencia de la gran ciudad, de Bombay la ciudad india de las oportunidades; era un adolescente viejo, un viejo desencantado. Si se hubiese criado en un ambiente rural, habría sido estigmatizado por ser dalit, un intocable; ni siquiera podría pisar por donde uno hubiera pasado -incluso su sombra sería considerada intocable-. Pero aquí, en Bombay, la ciudad más rica de la India, un muchacho como él... Podría decirse que tenía todas las oportunidades a su alcance; además del derecho a la educación, podría llegar a ser médico, informático, comerciante; incluso un famoso actor de Bolliwood es dalit…… Sin embargo Suresh apenas había aprendido a hablar y no sabía escribir ni contar.

En Bombay hay árboles entre las casas, grandes espacios abiertos con hierba, cuidados campos de cricket, soberbios edificios en el sentido estricto de la palabra (lo es la casa familiar más cara del mundo). Pero y aún a pesar de la vecindad, en el slum donde vive Suresh, una superficie extensa  de chabolas,  no hay ni un sólo árbol y las paredes de plástico de su jhopdi se derriten al mediodía bajo la ardiente chapa de hojalata. Asi que la brisa que corría a aquella hora de la mañana por la pasarela sobre el mar que une la mezquita Haji Ali con tierra firme, con un sinfín de colores por los vaporosos saris de las mujeres, y las miradas cargadas de envidia que le dirigían a Suresh los mendigos, sentados a los lados, viéndole empujar la silla de ruedas de un occidental, hacían que se sintiese un muchacho afortunado.

Nos guardó las sandalias y esperó fuera.

Ya dentro, ves a los hombres tocar el chador que cubre la tumba o dargab de Haji Ali (un rico mercader que después de volver sano y salvo de su peregrinación a La Meca, donó todas sus riquezas a los pobres); y a las mujeres, desde el lado opuesto, limitarse a contemplar el conjunto a través de una celosía de piedra. (Mil veces entraré en una mezquita y mil veces me sorprenderá la variedad de signos de discriminación por sexos). Sin embargo, ellas no se muestran ofendidas, te explican que has de ocupar tu lugar con una comprensiva y misericordiosa sonrisa.

De camino al cercano Mahalkshmi Temple, el errático Hari volvió a descarrilarse con una pintoresca primicia: tendríamos que pagar al chófer las multas de aparcamiento. La ira de Alonso le hizo rebajar sus pretensiones:

-Tendrán que darme dinero para la comida del niño –dijo refiriéndose a Suresh.

-Sin duda –le admitió Alonso.

 

Los guardas dejaron pasar el coche hasta el mercado de Mahalakshmi. Muy al final de la sucesión de comercios y puestos ambulantes, hay unas escaleras que conducen al interior del templo. Allí el aire está saturado de aromas intensos de variada procedencia: incienso, flores, golosinas, comida. Las filas que suben por las escaleras están separadas por sexos; te cachean antes de pasar al templo.

-Se toman precauciones, tienen miedo a un sabotaje… -dijo Hari desde su fila-. Ya sabe… ha habido ataques de los musulmanes a los templos hindúes.

 El lugar es abigarrado y pequeño y si te dejas llevar, llegas directamente hasta el altar donde los hindúes se detienen para dejar sus ofrendas y tiznarse la frente con el polvo rojo. Deseé imitarlos, pero ni siquiera llevaba dinero. Entonces, una mujer, una especie de sacristana, pidió al monje que estaba recogiendo los billetes que me pusiera el tikli. Al salir, me retuvo para darme una bonita flor rosa y un puñado de minúsculas estrellitas blancas. Siguiendo el deambular de devotos de la diosa Lakshmi, llegas al borde del arrecife donde se aprietan contra la alambrada, ensimismados con el movimiento de las olas. El suelo rocoso está limpio, no hay resto de flores ni de estrellitas blancas. ¿No se tiran al mar como en los ríos sagrados? No, no eran ofrendas a la diosa, éstos eran regalos; obsequios para mí, una extranjera.

 Al salir del templo, la flor de loto ya estaba mustia. Pero las diminutas estrellitas de un blanco inmaculado, seguían intactas en la palma de mi mano. Olían a dulce. Sonreí a Suresh que las miraba y hacía el gesto de que se comían. ¿Las quieres? Y sí, debían estar deliciosas: las introducía en la boca, distribuidas en pellizcos, como si fuera la comida de un periquito.

Entonces recordé lo que Hari había dicho sobre la comida de Suresh. Bien. Pero en lugar de darle el dinero a Hari, iríamos nosotros mismos a comprarle la comida. Nos detuvimos ante un puesto de samosas. El dependiente hizo un cartucho con un papel de periódico y lo fue llenando de empanadillas según Hari le iba indicando; cinco, seis… Hari cogió el cartucho y… se puso a comer.

-Pero… ¿No era Suresh quien iba a comer?

-Sí, claro. Pero él come poco –contestó con desfachatez.

Y como quien da una chuchería a un perrito faldero, dio una samosa a Suresh -entre la masa y el relleno pesa unos 20 grs.-, que se la comió en dos bocados.

Después de comerse el resto, Hari tiró el cucurucho al suelo, extrajo unas cuantas rupias arrugadas del bolsillo del pantalón y contestando a “¿Una sóla samosa para Suresh?”, dijo a modo de advertencia:

-Más podrían hacerle daño -¿¿¿¿????-. No tiene el estómago acostumbrado

Y de nuevo ahora, cuando miro hacia atrás y recuerdo lo que he visto y sentido, vuelvo a dividirlo en dos partes, conexas por su propia naturaleza. La avaricia de los que pueden engañarte porque su estatus se lo permite. El egoísmo insolidario, amparado por una relajada conciencia colectiva, que aunque oficialmente se diga lo contrario, justifica desigualdades y desmanes por la diferencia de castas. Luego están los otros, los que golpean nuestras conciencias occidentales, aquellos en los que todos pensamos cuando hablamos de la India, los que no tienen nada y dan todo lo que tienen… una sonrisa, una flor; un canto, cuya letra les cuesta comprender, en la lengua materna de Mahatma Ghandi.

 

(Bombay tiene algo más de 15 millones de habitantes. De ellos, un tercio viven en jhopadpatti, como Suresh, en extensos slums repartidos por la ciudad, entre edificios altos de viviendas y oficinas).

A India II9

Uno de los slum de Bombay

 

Madha Pradesh, Maharastra, Goa33

Casa familiar del millonario Mukesh Ambani en Bombay; la más cara del mundo

 

Madha Pradesh, Maharastra, Goa35

Mezquita Haji Ali

 

A India II68

Saliendo del Mahalakshmi Temple

 

Proyecto47.png

Victoria Terminus

 

4. De las escondidas Torres del Silencio de los parsis al Taj Mahal Palace

Tag(s) : #Rituales y ceremonias

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