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La selva de Kanha es verde y fresca, con árboles altos y rectilíneos generosos en ramas de hojas verdes y brillantes que brotan casi desde su base; se alinean al borde del sendero de arena dorada hasta que éste desaparece en la lejanía, convertido en un punto blanco. A un lado y a otro surgen lagos, arroyos, pantanos y charcas donde abrevan los animales. Por todas partes se ven chitales, sambar deer, facóqueros, langures, pero el más admirado, después del tigre, es el barasingha, el ciervo solidario que Kipling dibujara en El milagro de Purum Bhagat del Libro de la selva. Esta especie, endémica de India, estuvo a punto de extinguirse; afortunadamente, quedan algunos ejemplares en reservas como la de Kanha. Los ves con la cabeza hundida en el agua como si bucearan, aunque lo que hacen es alimentarse de las plantas acuáticas. En época de celo, los machos van juntos, se alimentan juntos y…, y descansan juntos, te sorprenden con sus elegantes y finas astas despuntando entre la hierba alta y amarillenta; quizá han vuelto de una de sus correrías. Y quizás alguno de éstos es descendiente de raksha, la cría de barashinga que cuidara Kaveri.

 

-Bueno, en realidad fue Rajat quien cuidó de raksha –puntualizó Kaveri-. Recuerdo que era el último día antes de las vacaciones. La clase de Rajat había terminado antes que la mía (aunque él era de una casta superior, asistíamos a la misma escuela). Así que recogí rápidamente mis cosas, que tenía desperdigadas por el suelo, y me levanté de un salto, ligera como un cervato.

La escuela allí era al aire libre, a las clases sólo las separaba el aire y la brisa que levanta el polvo de la tierra, un metro de pasillo, una tierra de nadie sembrada de papeles y cuadernos y algún que otro lápiz.

>>Corrí hasta alcanzar a Rajat antes de que se fuera, porque esta vez (pensé) sería para siempre. Yo fantaseaba con él, pálido como una estatua de Shiva y siempre  tan bien vestido… –Kaveri decía esto moviendo la cabeza, como burlándose de los efervescentes sentimientos de su adolescencia-. Cuando me planté ante él estaba sin aliento y le hablé aturulladamente; apenas pudo entenderme. Al fin le dije: <<¿Quieres cuidar de un bebé barashinga?>>.

>>Al principio me miró como si estuviera loca. Le expliqué que siguiendo a un cazador furtivo mi padre había encontrado una cría de barashinga mamando de su madre muerta. De momento la teníamos en casa. Pero la vaca apenas daba leche, en cambio en el comercio de su familia (la de Rajat) había de todo.

 

Yo la escuchaba contar todo esto como si me hablara de otra persona. Sus modales, su estancia allí, en el hotel… nada cuadraba con una de aquellas chicas de las aldeas cercanas que acudían de madrugada a hacer sus necesidades a una zanja, porque en sus casas, todas pintadas de azul, achaparradas, como hundidas bajo el peso del tejado, no estaban acondicionadas para esa clase de menesteres.

 

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-Después de escucharme –prosiguió Kaveri entre sorbo y sorbo del aromático té de hierbas de limón que compartíamos-, Rajat me sonrió, como bostezando… Luego me pidió que se lo repitiera. Mientras lo hacía, rio despacio, como si cada cosa que le decía tuviese más gracia que la anterior. Creo que aquélla fue la primera vez que me vio, verdaderamente.

>> Desde entonces, acudió a diario a mi casa. Y, como es natural, llegó el día en que hubimos de dejar libre al barasingha en el bosque.

-Y entonces también Rajat se fue… para siempre –se me ocurrió decir.

-¡No, no! Siguió yendo a mi casa: Mi padre era mahout y a veces nos llevaba en su elefante a dar paseos por la selva, a observar los animales salvajes. En casa todas éramos mujeres (mi madre, yo y mis tres hermanas pequeñas) así que disfrutaba enseñándole a Rajat todo lo que sabía de la selva y del comportamiento de los animales.

>>¿Ves este dedo? –dijo levantando el dedo índice de la mano derecha en el que yo ya había reparado cuando sostenía la taza-. Ocurrió uno de esos días. Nos habíamos internado en el territorio de una tigresa que había tenido una camada. Los cachorros jugaban solos cerca de su cubil y Rajat no resistió la tentación de acariciarlos. Se había deslizado por el cuello del elefante hasta casi tocar el suelo, cuando un rugido atronó a nuestra espalda. El elefante se volvió agitando su trompa en el aire, con fuerza, enfrentándose al tigre. ¡Pero no se apartaba! ¡Al contrario, le enseñaba sus colmillos con fiereza y rugía…, rugía desesperada! ¡Estaba dispuesta a saltar sobre la cabeza del elefante!

>> ¡Pobre Rajat! Temblaba… Se agarraba a las cuerdas tratando de encaramarse hasta el howdah. Y… Bueno, tratando de ayudarle…, se me arrancó parte del dedo. Después de aquello sí, sí se fue. Se fue a estudiar a la universidad.

 

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Aquella misma noche volví a ver a Kaveri. Pero sólo fue un instante, en la boda de Kavita y Rajendra. Al principio apenas la reconocí: se había ido la luz y la gente iba de un lado a otro alumbrándose con los móviles, tropezándose; unas cuantas velas eran la única fuente de luz en el recinto sagrado donde se celebraba la ceremonia. Kaveri se hallaba detrás de los novios, sentada en el suelo junto a otras mujeres; todos tenían el semblante triste, lo propio de las despedidas, especialmente la novia.

 

Madha Pradesh, Maharastra, Goa140

Boda de Kavita y Rajendra

 

Al día siguiente (el de nuestra marcha a Bandhavgarh), mientras aguardaba a que nos hicieran el check out, me acerqué a Kaveri para despedirme e intercambiar direcciones. Ella me enseñó en su iPhone las fotos que había hecho de la boda y también de otras personas, de su familia, niños, etc., al preguntarle si alguno de los niños era suyo me dio una respuesta difusa:

-A los tres años de terminar la escuela, empezaron las gestiones para mi matrimonio. La familia de mi futuro exigía una dote a la que mi padre no podía hacer frente…, ¡A no ser que se endeudara para toda la vida! ¡Y, claro, aún quedaban mis hermanas! Así que después de muchos tira y afloja… ¡no hubo acuerdo!

Entonces recordé lo que había comentado de que, siendo adolescente, fantaseaba con Rajat, el muchacho que le había ayudado a cuidar al barashinga << ¿Y qué fue de Rajat?>>, le pregunté.

-¡Oh, él era de una casta superior…! –respondió Kaveri. Y se recompuso el sari sobre su trenza de pelo negro con majestuosidad sarcástica, antes de añadir con calma-: No podíamos casarnos. Todo el mundo se nos echaría encima. Harían la vida imposible a nuestras familias…

Yo no supe qué decir, puse mi mano sobre su hombro y le dediqué la más cariñosa de mis sonrisas. Ella soltó una amplia carcajada y, en medio de mi asombro, me dio un abrazo. Luego dijo en un murmullo:

-Rajat vino a buscarme. Huimos juntos, a Jabalpur.

Volvió a tomar el iPhone y buscó con avidez entre las páginas de fotos. Amplió una y me la pasó. Era ella, Kaveri, aunque varios años más joven. A su lado, de pie, un hombre joven de piel más clara vestido con un elegante traje crema y corbata le ayudaba con las cestas de ofrendas a la diosa para depositarlas sobre las aguas del río Narmada.

 

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Ceremonia religiosa hindú a orillas del río sagrado Narmada (Jabalpur)

 

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Después del Aarti Om Jai Jagdish Hare (acto religioso) los seguidores toman agua del río Narmada.

 

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Manada de machos barasingha en época de celo, semiocultos por la hierba.

Tag(s) : #Romántico

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