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Siria (Maloula, Krak de los Caballeros)13

¿Cuál es el atractivo de esa mole de piedra, alzada sobre una colina en la llanura de Bukaya? ¿Es cierto que desde sus más de setecientos metros de altura sobre el nivel del mar se puede contemplar el azul del Mediterráneo, el puerto de Trípoli y a la vez el Lago de Homs en un día despejado? Aquél lo estaba. Sin duda está en un lugar estratégico para dominar las rutas entre el interior y la costa. Sin embargo, no es eso lo que cualquier visitante valora. Lo que de verdad impacta es su magnitud, la robustez de sus muros, la refulgencia de los torreones de su doble muralla, redondos o cuadrados;  el poderío de una obra de ingeniería militar admirable capaz de resistir, durante siglos, terremotos y asaltos.

Pero no siempre ha sido así.

En tiempos de la primera cruzada, no era más que una alcazaba abandonada en el pasillo que une la costa con el valle del río Orontes. Entonces la llamaban Hosn-al- Karad, alcazaba de los kurdos, por la guarnición que el emir de Homs mandó allí cuando construyó la fortaleza en 1093. Cuando los cruzados -frany para los musulmanes- pasaban por aquellas tierras camino de Jerusalén, necesitados de provisiones, los pobladores de la llanura de Bukaya acudían con sus rebaños a refugiarse en la alcazaba. Uno de aquellos primeros cruzados, el caballero franco Raimundo Saint Gilles, la tomó al asalto sin encontrar resistencia alguna: sus moradores habían huido durante la noche atemorizados por las noticias que les habían llegado; no sólo se trataba de matanzas: Una noche de diciembre de 1098, Bohemudo, máximo jefe de los francos, faltando a su promesa de respetar la vida de sus habitantes si detenían la lucha, exterminó la población entera de Maarat; después dejó que sus soldados se alimentaran de los cadáveres. En su libro Las cruzadas vistas por los árabes  Amín Maalouf recuerda lo que decía el cronista franco Raúl de Caen: <<Los nuestros cocían a paganos en cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados>>.

Raimundo Saint Gilles, presionado por los otros jefes cruzados para que prosiguiera su marcha sobre Jerusalén, debió abandonar la fortaleza. Sería Tancredo, a la sazón príncipe de Galilea (en él se inspiró Rossini para su ópera Tancredi), sobrino del líder cruzado Bohemudo, quien en 1110 la tomaría definitivamente. Al morir Tancredo sin descendencia, la fortaleza –entonces la llamaban Krak- pasó al condado de Trípoli, y (lo que son las cosas) volvió si no a manos de Raimundo Saint Gilles sí a las de sus descendientes. Las obras importantes se hicieron a partir de 1142 cuando Raimundo II, conde de Trípoli, por escasez de hombres y falta de medios, cedió la fortaleza a la orden militar-religiosa del Hospital de San Juan de Jerusalén. Debido a su situación estratégica, el Krak de los Caballeros fue codiciado por los sucesivos líderes musulmanes: el califa Nur al-Din, señor de Alepo y Damasco, hubo de desistir después de infructuosos asaltos. Asimismo su sucesor el gran Saladino, primer sultán ayubí de Egipto y Siria, capaz de expulsar a los frany de Jerusalén y de la franja del Mediterráneo, no pudo traspasar sus muros. El Krak permaneció más de un siglo en manos de los cristianos. Fue el sultán mameluco, Baybars I, quien conseguiría entrar con sus tropas tras varios meses de asedio.

Si el Krak nos admira desde la lejanía no sólo por sus dimensiones (tres hectáreas de superficie construida capaz de albergar una guarnición de dos mil hombres y de guardar provisiones para cinco años) sino también por el buen estado de sus murallas y la estética de sus torreones es, sin embargo, al atravesar el foso cuando se percibe que, superados todos los objetivos de imbatibilidad, su mérito reside en la complacencia en el arte, el valor y la fuerza. A medida que se avanza por los inmensos pasadizos de mampostería, iluminados por tragaluces alternándose con bóvedas nervadas de crucería, y se atraviesan patios y galerías de arcos árabes o góticos ojivales, y se llega a la capilla construida por los Hospitalarios donde convive la linterna del transepto con el mimbar y los mihrab, se admira uno de lo bien que casa lo musulmán con lo cristiano y lo cristiano con lo musulmán. Es un enriquecedor paseo por el arte y la historia de dos pueblos situados en orillas opuestas de un mismo mar. Ese mar nuestro que tanto nos acerca y siempre nos separa.

Siria (Maloula, Krak de los Caballeros)11 

10. Alepo de piedra, cal y arena

 

 

Tag(s) : #Guerra

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