Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

IM A0098 Vista Web grande
 

Se acercó a un gigantesco árbol cuyas enmarañadas ramas ocultaban el cielo. Su poderosa figura, resaltada por ajustados pantalones blancos, se recortaba contra  el tronco arrugado y ennegrecido adquiriendo una especial relevancia.  Sin más, comenzó a golpearlo con algún artilugio que encontró allí al lado. Los huecos sonidos que surgieron del interior del viejo tronco nos rodearon, y atravesando el marae, se expandieron en ondas que desaparecían en la selva hasta los poblados.

--Es el árbol sagrado –dijo mientras devolvía la piedra a su sitio-. Hacían esto  para llamar al pueblo.

El rostro moreno e inexpresivo de Diana había adquirido una expresividad nueva e insospechada. En sus ojos, negros como tizones, brillaba un punto blanco del tamaño de una cabeza de alfiler. Miraba en todas direcciones escrutando la tierra empedrada del recinto sagrado como si temiera que de ella fuera a surgir alguien o algo. El quejido del tronco se había perdido en la lejanía y un silencio acechador se instaló en el marae. El aire rezumaba humedad. Y el ambiente, de por sí sombrío, se había transformado en un lugar sobrecogedor, que yo deseaba abandonar cuanto antes.

Pero entonces Diana empezó a hablar:

-El principio fue la trinidad: Tane, Ru y Tangaroa –su tono ya no era amable, sonaba profundo, solemne, como si hablara por boca de un antepasado importante; una sacerdotisa-. Tane creó los árboles, Ru formó las montañas y Tangaroa los pescados. La Creación se llevó a cabo en seis etapas: Pensamiento, Noche, Luz, Tierra, la etapa de los Dioses y la de los Hombres.

Hizo una pausa, y con paso solemne se dirigió adonde nos habíamos quedado, a cuatro o cinco metros del árbol, delante de un muro bajo de piedras oscuras, sagradas.

-Quizá alguno de ustedes ya conozca algo de la mitología maorí… -dijo parándose a nuestro lado.

 Yo recordaba algo de lo que me había contado el guía de Tahiti, pero no dije nada. Al no recibir respuesta alguna, prosiguió su relato:

-Rango es el cielo, de material opaco, que se extiende sobre Papa, la tierra plana. Y duerme con ella. Tuvieron un hijo, Tane, padre de los árboles, de los pájaros y de los insectos de la selva. Su segundo hijo fue Tiki, padre de los hombres. Tutenganahau, autor del mal, o Tumata-nenga, dios de los hombres y de la guerra, fue el tercero. El cuarto hijo fue Tuhu, autor del bien. Luego vinieron Tawirinatea, padre de los vientos, y Tangaroa, dios de los pescados y padre del Océano. También tuvieron hijos que no eran seres vivientes.

“En un  principio Rango y Papa, estaban tan fuertemente adheridos uno a otro que la luz no podía pasar entre ellos. Sus hijos se veían obligados a vivir en la oscuridad. Cansados de esa oscuridad continua, resolvieron tener un consejo para decidir qué hacer con sus padres. El dios del mal propuso matarlos. Pero el dios de los bosques aconsejó separarlos”

Diana miró la hora en su reloj de pulsera y se dio la vuelta dándonos la espalda. Los demás no nos movimos. Para entonces el marae había adquirido la dimensión de una obra de teatro.

-¿Y entonces…? –preguntó con delicadeza la francesa, que había venido a sentarse a mi lado.

-Todos aceptaron la proposición de Tane –contestó Diana a la vez que abría los brazos dando a entender que la respuesta era obvia-. Bueno, hubo uno, Tawirinatea, el dios de los vientos, que no la aceptó, y secundado por sus hijos los vientos poderosos desencadenó la guerra de los elementos.

Diana había vuelto a su tono impersonal, amable. El aura de sacerdotisa encolerizada cuando golpeaba el árbol sagrado había desparecido; volvía a ser la guía aséptica e inexpresiva de antes.

 -El dios Tane reaccionó: apoyando la cabeza en su madre la tierra y afirmando los pies contra su padre, el cielo, logró separarlos quedando así entre ellos el  dios de la selva. Y surgió el día y al día le sucedió la noche. Aunque separados para siempre por sus hijos, Rango y Papa conservan todavía su amor mutuo. -Diana proseguía su relato mientras los demás la seguíamos por el camino que llevaba fuera del marae-. Los suspiros que exhala la tierra se elevan hacia el cielo desde montañas y valles, y es lo que los hombres llamamos nieblas. Y cuando el cielo en las largas noches llora la separación de su amada, derrama lágrimas sobre su seno; nosotros las llamamos rocío.

 

IM A0096 Vista Web grande

33. Subir tan alto para mirar hacia abajo ¡qué capricho!

 

 

 

Tag(s) : #Mitológico

Compartir este post

Repost 0