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Flores de Tahiti
 

Doscientos años después del motín del Bounty, el amor a estas islas de los Mares del Sur sigue rindiendo a muchos viajeros. Louis fue uno de ellos. Lo conocimos a la mañana siguiente de nuestra llegada, cuando visitábamos su jardín de flores exóticas. Era francés, llevaba una flor blanca en una oreja y ese día cumplía 78 años. De mediana estatura, bronceado y seco como un palo quemado, su viva mirada ambarina dejaba traslucir su carácter alegre y abierto. Al acabar la visita, nos invitó a una hinano, la cerveza tahitiana. Nos contó que un día, veinte años atrás, tomó la decisión de venirse a vivir a Tahiti; aunque la idea llevaba anidada en su mente desde muchos años antes.

-Tenía 26 años cuando llegué la primera vez. Estaba recién casado y vine con mi mujer de luna de miel. Fueron días inolvidables durante los que recorrimos todos los rincones de la isla. -Acompañaba sus palabras con expresivos movimientos de sus manos rugosas, pero de uñas pulidas tal y como corresponde a un elegante parisino- ¿Ustedes ya han visitado la isla?

-No, aún no –dijo Alonso-; esta tarde.

-¡Ah, bien! No dejen de visitar la gruta de Vaipori –nos recomendó-, a nosotros nos había encantado. Pero de regreso a París, me encontré alicaído, apesadumbrado, la vida en la gran ciudad se me hacía insoportable. Y mi esposa lo notó. Le hablé, entonces, de mi atracción por el tipo de vida de los tahitianos. Y le propuse irnos a vivir allí. Se puso furiosa. Tan furiosa se puso que al no conseguir tranquilizarla y de la forma más abrupta, le dije algo de lo que luego me arrepentí, una frase muy dura que no pude olvidar jamás: “Si un día no vuelvo a casa, búscame en Tahiti”.

-Sí que fue dura -le dije-. ¿Y se fue?

-¡Oh, no! ¡Siempre volví a nuestra casa…! ¡No tenía ninguna intención de abandonarla! –dijo con los ojos humedecidos-. Estaba muy enamorado de mi mujer.

Sacó un pañuelo del bolsillo de la camisa y se lo pasó por la cara; hablar de su mujer le había emocionado.

-Cuando nuestras amistades nos preguntaban sobre nuestro viaje a Tahiti –continuó una vez repuesto-, antes éramos muy pocos los que viajábamos a Polinesia, ella hacía hincapié en algo de lo que yo jamás le habría hablado: “No os podéis imaginar -les decía-  la irresistible atracción que experimentan los hombres hacia las mujeres polinesias. Debe ser por la sabia combinación de inocencia, ingenuidad y picardía que ellas saben manejar tan hábilmente”. Era una mujer muy inteligente.

Louis siguió viviendo en París hasta que quedó viudo. Entonces, decidió abandonarlo todo y empezar una nueva vida. Dejó a sus dos hijos al frente de su negocio, una cadena de floristerías con franquicias por toda Europa, y puso rumbo a la isla. Lo hizo, dijo, impulsado por la irresistible atracción que permanecía viva en su memoria desde que viniera la primera vez.

Algunas de las flores de su jardín tenían formas que jamás hubiese imaginado, como las que recuerdan a los coloridos picos de algunos papagayos, había buganvillas naranjas, rojas y moradas, opuhi-alpinia, anturios, rosas de porcelana, numerosas variedades de hibiscos, heliconias, la monette, espectaculares orquídeas y una pequeña y delicada flor blanca que había visto por todas partes desde que llegamos. “Son las flores de tiaré, el emblema de Tahití. Como ya se habrán fijado, tanto los hombres como las mujeres polinesios se adornan poniéndose una flor en la oreja”, dijo Louis. También dijo que según en qué oreja se pusiera la flor, derecha o izquierda, el significado era distinto, podía ser libre o, por el contrario, significar compromiso. Nunca supe cuál significaba una u otra cosa y opté por ponérmela cada día en una oreja distinta. Para ser sincera, no noté ninguna diferencia en mi entorno masculino; quizá no presté la atención suficiente.

Nos despedimos de Louis agradeciéndole su amabilidad.

-Me alegra recibir a personas como ustedes. Me he convertido en un viejo charlatán –dijo señalándose burlón- que vive su última pasión; me siguen atrayendo las mismas cosas de antaño: la belleza, la fragancia, la frescura; y también el tacto cálido y suave de las polinesias… –sonreía pícaramente con su juego de palabras-, de las flores polinesias, ¡entiéndanme…!. Todo el tiempo lo dedico al cuidado de mis plantas, son muy agradecidas.

Sin embargo, y a pesar de sus palabras, una oronda mujer morena con más grasa en cada uno de sus brazos que Louis en todo el cuerpo, se le acercó por detrás sonriente (le sacaba media cabeza), y cogiendo su cara entre las manos le propinó un largo y sonoro beso en la mejilla.

-Ella es  Fleur –nos la presentó-. Como ven, no les engañé: es la flor tahitiana más grande y robusta de todo mi jardín.

-¡Me encantó haberle conocido! –dije al marchar; y no era una fórmula.

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Tag(s) : #Romántico

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