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Sydneycanton 010 Vista Web grande

Una estancia tan breve en la importante ciudad australiana, viniendo del otro lado del Globo, debió parecerle algo muy extraño al policía de Inmigración. Pero en nuestro viaje alrededor del mundo, volando de isla en isla, Sydney era una etapa más, y Australia no era nuestro principal objetivo.

Curiosamente, para visitar Australia no se exige visado (al menos  entonces era así) ni pasar por el consulado o embajada, ni realizar más trámite que cubrir un sencillo formulario que se podía sacar por Internet. Y una vez dentro del país tampoco se requería ninguna tarjeta o carné  de identidad. Sin embargo, o quizá por eso, los exhaustivos controles a la llegada al aeropuerto son interminables. Tras despojarte del calzado y sufrir el sobeteo a ver si aparece el arma, le llega el turno del curioseo, “a ver qué llevas ahí”. Y cuando la de turno te ha cogido en falta al descubrir el bote de té chino de 200 gr, camuflado como un bote de té chino de 200 gr  en la bolsa de mano, pones cara de “yo no fui”, y guardas el paquete rápidamente antes de que la risita bobalicona de la competente funcionaria se convierta en un gesto reprobatorio y te quedes sin tu precioso té. Cuando accedes a la sección de Inmigración, ves con desolación las largas colas, interminables colas, que dan vueltas y vueltas por el desangelado recinto hasta llegar a la ventanilla. Te armas de paciencia, de santificada comprensión, y te colocas en la menos larga... pero ¡Oh,Dios!, ¡si es la más lenta...! Sonríes queriendo darte ánimos pero, en realidad, sin que te des cuenta, en tu cara se ha ido instalando la expresión más característica de la asesina peligrosa reprimida.

El tiempo pasa y la espera se hace eterna como un día sin comer después de la vigilia. Al llegar de un viaje largo, una prueba de aguante como ésa es al límite.

Bien. Llegamos a la cabina de Policía.

La orla de ricitos dorados, cual querubín rubensiano, con que el policía australiano coronaba su frente daba un aire infantil a su rubicundo rostro. Sus transparentes ojitos azules, cándidos como las azucenas en el mes de mayo, miraban al fondo de las pupilas del extranjero que tenía enfrente, seguro de inspirar en él la más relajada confianza. Aquel policía-prototipo, elegido por mentes superiores como confesor del delincuente, de terroristas sanguinarios y asesinos perversos, tenía como objetivo abrir su conciencia, moverle a descargar en él todo el peso de sus aviesas intenciones, y admitir, finalmente, que es el diablo terrorista que estaban buscando.

Al policía querubín no sólo le sorprendió que permaneciésemos tan poco tiempo en Sydney y que no fuésemos a ningún otro lugar de Australia, sino que siendo Alonso médico y yo matemática, como reflejaban los impresos de entrada al país, viajásemos junto al resto de los mortales. Nuestra posición en Australia sería tan elevada, que deberíamos de haber llegado en jet privado o cruzando los océanos en nuestro propio yate.

A lo primero le explicamos que estábamos dando la vuelta al mundo, y Sydney sólo era una de las etapas; nuestro objetivo era Polinesia, en donde permaneceríamos la mayor parte del tiempo. En cuanto a lo segundo, se alargó con comentarios insulsos sobre aspectos de la enseñanza de las matemáticas: lo que estudian o dejan de estudiar los niños australianos, lo importantes que son para el futuro…,bla, bla, bla… Mientras aparentaba escucharle, no podía evitar acordarme de su familia: “No sé qué sería tu padre, presidiario o carcelero, pero de ti no me fío nada”.
Agotado el tema matemáticas, se lanzó al ruedo de la medicina con preguntas trascendentes sobre enfermedades, médicos, hospitales, todo lo que se le venía a la cabeza: operaciones de Cirugía Plástica, de cambio de sexo en los hospitales españoles, si eran legales y estaban incluidas en la Seguridad Social…

Tras soportar horas de cola, el rollo policía-amigo se hacía insoportable y poco creíble. Y a pesar de la infinita paciencia de Alonso para escuchar, le soltó un  cansino “I don’t understand”..., a ver si dejaba de enrollarse. Repentinamente, el policía querubín cambió de actitud. Sus claros y redondos ojitos azules se oscurecieron, empequeñecieron, se hundieron en el fondo de sus cuencas desde donde ahora nos miraban con recelo, con desconfianza. Y enmudeció. Con un gesto brusco de la mano, recogió los pasaportes del mostrador, de donde debían volver a nuestras manos, y  se levantó del asiento. Sin decir una palabra más, desapareció.

Nos quedamos perplejos. Esperamos. Al rato, regresó, pero sin los pasaportes. Secamente, nos indicó que avanzásemos hasta donde se encontraba otra cabina policial, unos cuantos metros detrás de donde él estaba. (-¡El muy hijo de…! ¡¿Y para eso hemos aguantado su estúpida, ignorante, pesada palabrería?!)

  ¡Toda la tarde en la cola y ahora detenidos ante la Policía Especial Antiterrorista!

Incrédula, volví a leer el cartel sobre el mostrador: “Vigilancia y Prevención Antiterrorista” ¡No podía ser cierto! Tuve que hacer esfuerzos para contener la risa, la risa burlona que me produjo la absurda y disparatada situación. No eran nervios, estaba demasiado cansada y no sentía temor alguno, sólo sentía lástima por ellos, por lo tontos que eran, el tiempo que estaban perdiendo y el que nos hacían perder.

-¡Nos están tomando por terroristas! –dije con sorna señalando el cartel en el que Alonso aún no había reparado.

Otro policía, clon del querubín, muy tenso, nos lanzaba breves y medrosas miradas desde el otro lado del mostrador, como si tuviese delante al mismísimo Ben Laden o una pareja de terroristas cargados de bombas. Al tiempo que realizaba ansiosas consultas al ordenador, examinaba nuestros pasaportes y las imágenes del monitor, interpelaba a la mujer que tenía a su lado. No llevaba uniforme, era menuda, morena, de nariz ganchuda y pelo encrespado; podría pasar por judía. Examinaba, lupa en mano, nuestros pasaportes. Pero la expresión de su rostro era mucho más relajada que la del policía. Discutían. Ella negaba. Se percibía por su desdén y aire autoritario que la entendida era ella. Alonso los contemplaba con sardónica sonrisa. Yo expresaba mi impotencia meneando la cabeza de lado a lado, incapaz de comprender tamaña ineptitud.

Al fin, la mujer nos tendió los pasaportes esbozando una amplia sonrisa. Parecía querer disculparse pero no dijo nada, sólo meneaba la cabeza en un gesto de desaprobación, de disgusto por habernos hecho perder tanto tiempo y pasar un mal rato.


Apenas entramos en la ciudad ya lo habíamos olvidado.

Sydneycanton 009 Vista Web grande
18. Sydney y su dos por ciento de aborígenes. 

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thailandia-235-Vista-Web-mediana.jpg La bolsa de mano y el extraño policía

 

 

 

Tag(s) : #Riesgo

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