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Marine Drive

 

Es una ciudad difícil de calificar. ¿Dónde centrar la atención?  ¿Qué enfoque utilizar? Y es que hacerlo de un modo aséptico equivaldría a reproducir la descripción de un libro de historia o una revista de viajes; una ciudad contradictoria, como lo son las que  aúnan en su territorio miseria con sobreabundancia, costumbres ancestrales con modernidad, profundos sentimientos religiosos con el despotismo propio del desarrollo financiero. Sería como si yo no hubiese estado allí y mis  ojos y mis oídos no hubiesen participado.

Calificarla según los sentimientos que me provocó es fácil. Después de conocer otras partes de India en anteriores viajes, me produjo una enorme alegría entrar en la ciudad por el Worli Sea Link, semejante a un reluciente e interminable rayo de acero que atravesaba el azul del mar Arábigo uniendo orillas opuestas de la populosa Bombay, la de los suburbios del oeste y la del sur y su distrito financiero; un signo de manifiesta prosperidad contrario a su legendaria miseria. Sin embargo, llegando al final, las modestas casas de pescadores de la orilla –semejantes a jhopdis,  pero más dispersas- contrastaban, deslumbradas, con el ultramoderno diseño del colosal puente de acero. Aquellos supervivientes de la ocupación más antigua de Bombay, la de pescador, se habían ido acostumbrando a que -por mor de intereses económicos de reconstructores venidos de lejos- su mar, el mar que rodeaba cada una de sus siete islas, se fuera convirtiendo en tierra: Desde que los ingleses se apoderaron de Bombay, la tierra fue comiendo terreno al mar, las siete islas se fundieron en dos, y lo que era un archipiélago, con sus plácidas aldeas de pescadores, se convirtió en una cómoda península con bahías artificiales que facilitarían el desarrollo del comercio entre India y la Gran Albión. Una de esas bahías, la más hermosa bahía que pueda tener una ciudad, se llama Marine Drive. Allí, al atardecer, como si de una heredada nostalgia colectiva se tratara, decenas de miles de ciudadanos acuden diariamente a sentarse cara al mar. Cuando el agua se tiñe de reflejos cobrizos y las luces de los edificios comienzan a encenderse alargando el perfecto contorno curvilíneo de la bahía, los cuerpos, de hombres, mujeres y niños, se convierten en inmóviles sombras oscuras, recortadas contra el horizonte en donde el sol se oculta con parsimoniosa coquetería.

Unos instantes después, el amplio paseo se agita como un hormiguero a la desbandada.

Y allí, en Colaba, en nuestra habitación del hotel -un famoso hotel que domina Marine Drive en el que nos alojamos los días previos al safari- a donde volvíamos al caer la tarde, pasábamos de la ventana a la que se asomaba el sol en su ocaso sobre el mar Arábigo a la pequeña de plasma consagrada a los dramas de Bolliwood, la mayoría rancios, en donde el imprescindible “malo” no hacía sino recordarnos al puñetero guía hindú que constantemente trataba de engañarnos.


A India II74

Pescando entre Haji Ali Mosque y Mahalaxmi Temple.

 

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Worli Sea Link

 

2. Ver templos de Bombay. Un guía poco agradable.

Tag(s) : #Urbano

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