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Nunca antes contemplar un paisaje desde el aire me había producido tanta satisfacción: montañas pétreas lamidas por olas de arena blanca que, habiendo ascendido por la oscura ladera, dejaban rastros como espuma de mar; unas eran graníticas, otras de basalto, las había con ondas en distintas gamas de un mismo color o estiradas en franjas cortadas a pico hasta perderse en la lejanía. A veces, la llanura desértica aparecía salpicada de lagunas secas cubiertas de una capa nívea como de rocío helado. Llegando a la costa, una inmensidad de dunas abandonaban su inmovilidad y crecían, desafiantes, en su eterna lucha por ganar terreno al mar. Admirando este paisaje del desierto de Namib, el más antiguo del mundo -más de cincuenta y cinco millones de años-, me sentí feliz.

El mar allí es bravo y helador, lugar ideal para la cría de ostras -las mejores del mundo detrás de las de las rias gallegas-. También lo es para los leones marinos; no así para los pescadores y la navegación en general. Son muchos los barcos que han naufragado a lo largo de la Costa de los Esqueletoss. Algunos ya han desaparecido pero otros todavía pueden verse vapuleados por las olas o encallados en la arena. El avance de las dunas ha hecho que un barco que hace un tiempo estaba varado en el mar, ahora se encuentre en la playa a medio kilómeto de la orilla; al igual que algún esqueleto humano aparece tapado por la arena y cada año el viento y el agua se encargan de destapar.

Swakopmund era nuestro "centro de operaciones", una ciudad costera acogedora y manejable desde donde realizamos tres inolvidables excursiones.

A Cape Cross fuimos por una carretera paralela a la costa. A medio camino nos acercamos a una playa donde se encontraba un barco varado. Parecía un barco fantasma rescatado de la bruma, con decenas de pájaros apostados en cubierta y en los mástiles, negros e inmóviles como un mal presagio.

La llegada a Cape Cross te recibe con el olor característico de una población de leones marinos. Sin embargo, ese pestífero olor es algo que ovidas ante el asombroso y también triste panorama que ofrece una colonia de este tipo en época de cría. Había crias muertas en la arena; algunas envueltas aún en la placenta y otras más crecidas, la piel negra y todavía brillante. Las que estaban vivas emitían icansables gritos con los que su madre pudiera reconocerlas y acudir a alimentarlas. Pero las hembras que ya estaban de regreso en la playa rechazaban con fiereza a cualquier cría que no fuera la suya. Así, las crías deambulaban sin descanso bien porque sus madres seguían en el mar alimentándose bien porque entre tantos individuos y sin una localización exacta no es fácil que una madre y su cría se encuentren. Afortunadamente, en la mayoría de los casos, los gritos que emiten les conduce la una a la otra y acercan sus hocicos para olerse amorosamente.

Una segunda excursión nos llevó a Walvis Bay, una bahía natural a la que, según dicen, acudían cientos de ballenas y en consecuencia los barcos balleneros. Allí tomamos un catamarán que nos acercaría a una isla poblada de leones marinos. Sin embargo, lo mejor de la mañana ocurrió en el propio barco donde fuimos abordados por un grupo de pelícanos que nos acompañaron durante toda la travesía regalándonos escenas de lo más divertidas. Pr otro lado, no fue necesario que nos acercáramos a la isla de los leones marinos pues eran ellos los que nadando se acercaban a nosotros, quién sabe si atraídos por el aroma de las ricas ostras namibias del almuerzo que nos fue servido a bordo; incluso uno, no muy grande, se atrevió a subir a bordo utilizando la escalera.

Por último y la experiencia más excitante del desierto de Namib fue la excursión de unas cinco horas de duración a Sandwich Harbour. Después de un largo recorrido a lo largo de la costa, con las dunas a un lado y el mar al otro hicimos una corta parada para tomar contacto con las dunas y comprobar por nosotros mismos lo difícil que resulta trepar por la resbaladiza ladera de una duna por muy diestro que se sea. Pero tanto el piloto como su vehículo eran extraordinarios. Subíamos y bajábamos por las dunas con una suavidad inusitada. Pero había momentos, cuando el piloto se detenía ante una pared prácticamente vertical, en que no imaginábamos que el vehículo fuera capaz de escalarla. Y vaya si la subía. Y bajába por paredes igualmente verticales que cortaban la respiración. Sólo otro vehículo era capaz de seguir, en alguna ocasión, nuestra huella. Desde la cima, las vistas eran extraordinarias. En un momento dado, el piloto se arrodilló en la arena y comenzó a excavar un agujero con las manos. Al rato, una cría de serpiente asomó con los ojos abiertos como platos y después de ésta otra más salió a la superficie; luego las devolvió a su nido bajo la arena. Ya de vuelta por la playa, encontramos conchas de ostras milenarias; pasamos cerca de una laguna roja; había salinas y un lago poblado de flamencos y pelícanos, pasamos al lado de una cría solitaria de león marino... Un digno final de la visita a una costa distinta a todas las demás costas.

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Tag(s) : #Desiertos, #Diversión, #Fauna y flora, #Naturaleza
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