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Cuando el coche llegó a Puno y se adentró por su laberinto de calles, pensé que era la ciudad más fea que había visto nunca. No había ni una sola casa que fuera presentable. Era como si los obreros no hubiesen recibido su salario y se marcharan dejándolo todo a medias; sólo faltaban los andamios. El conductor explicó que lo hacían para eludir el impuesto a las edificaciones ... ¡terminadas!

Rechazamos la proposición del conductor de atravesar la ciudad, y fuimos directamente al hotel. Afortunadamente éste no se parecía en nada al resto: era blanco e impoluto como un barco recién botado atracado en la orilla del lago. Llevábamos un par de días a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar y a pesar de las hojas de coca, Alonso empezaba a acusar el mal de altura por lo que tomar oxígeno al llegar al hotel se había convertido en un ritual cotidiano. Pero el día siguiente era de lo más prometedor: nuestra primera incursión en el lago tenía como finalidad conocer las islas flotantes de los Uros.

Navegamos un buen rato hasta llegar a una especie de archipiélago de islas flotantes. Nunca habría imaginado que pudiera existir algo así. Y me sigo preguntando qué misterio se esconde detrás de esta gente para que, alejándose de tierra firme, construyeran unas islas flotantes en el interior del lago las que, debido a su propia naturaleza a base de raíces apelmazadas con tierra cubiertas de sucesivas capas de juncos recogidos en las orillas del lago, tienen que renovar periódicamente por su pudrimiento.

Fuimos acogidos en una de las islas flotantes por una simpática pareja de copropietarios, la formada por Rosa y su esposo Pancho. Viven de siempre con lo más imprescindible para el día a día, incluido un panel solar que les proporciona toda la energía eléctrica que necesitan. Después de una amena exposición del modo de construcción de las islas y de las viviendas, y de su modo de subsistencia realizando objetos de artesanía que venden a los turistas, fuimos despedidos con antiguos cánticos en quechua y con populares canciones españolas. Y abandonamos su fantástica isla a bordo de una no menos fantástica embarcación, la tradicional barca de totora, tan marinera que desliza su robustez sobre el agua con inusitada ligereza.

A no mucha distancia del archipiélago de los Uros, se encuentra la emblemática,Taquile. Allí todo es cuesta desde que arribas a sus orillas. Eso podría parecer irrelevante si no se tiene en cuenta que el único medio de transporte en toda la isla son las propias piernas..., y que todo cuanto necesitan les llega por mar y han de subirlo cargado a la espalda hasta el pueblo situado en la cima de la isla.

Lo más sobresaliente de Taquile son sus tejedores, famosos en todo el mundo por la perfección que alcanzan sus tejidos. Dicha perfección tiene un singular origen. Cuando un joven pretende a una mujer debe ofrecerle un gorro tejido con sus propias manos. Sólo si el tejido alcanza la calidad exigida por la chica, ésta lo acepta como prometido. De lo contrario lo rechaza hasta que consiga el nivel de perfección exigida. Esto es así para garantizarse que sus futuros hijos serán unos buenos tejedores.

A esta isla sucedieron otros lugares ya en el país boliviano: Copacabana con sus tradiciones ancestrales como la bendición de coches, los mercados o su excelente comida típica andina (restaurante Terraadentro), la Isla del Sol o Huatahata. Y ¿cómo no? la siempre fantástica y siempre presente visión de las nevadas cumbres de los Andes.

Imágenes del Lago Titicaca

 

 

Tag(s) : #Costumbrista, #Rural

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