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DESDE EL W RETREAT & SPA

DESDE EL W RETREAT & SPA

Aquí todo es viento, un lugar adulterado donde ahora el polvo del desierto apenas deja ver la isla grande, y los nativos se lamentan de que su isla nunca volverá a ser la de antes. El té con ginsen y miel me aliviará la garganta, me asegura la camarera. Mientras tanto sigo a vueltas con el fular, que bandea alrededor de mi cuello, para taparme nuevamente la boca. <<Son los vientos alisios que transportan millones de toneladas de polvo del desierto a través del Atlántico; total, más de seis mil kilómetros, la distancia que separa el Caribe del Sáhara -dice el director del restaurante del hotel, un francés culto y amable-, dentro de un par de días dejará de soplar y el mar estará como un plato. Podrá bañarse sin miedo >>. Yo contemplo el continuo desfilar de las nubes, que apenas dejan espacio para que el sol asome; aunque la temperatura es cálida para ser febrero, no me animo a bajar a la playa y sigo arrebujada en los cojines de un sillón balinés.

Delante de mí asoma el azul del mar por entre las gruesas ramas podadas de los árboles, y allí abajo, no lejos de la orilla, una pareja rema de pie sobre sendas tablas. Ella se cae. Intenta encaramarse sobre la tabla pero no lo consigue; hay demasiado oleaje.

Tomamos el camino que va hacia la izquierda, el que conduce a la otra playa, la privada. La terraza de la habitación da directamente al mar; sólo un seto y unas pocas escaleras nos separan de la arena. Pero allí también hay olas y estas se retuercen hacia dentro, como de resaca. Tampoco me baño.
No queda gente en la playa, sólo nosotros dos y una silueta que se mueve lentamente adoptando posturas de taichí en lo alto de una roca. Me gustaría imitarle y apagar la ansiedad que me provoca la danza frenética de mis pensamientos, el temor al viento, la dulce ilusión de la bahía bioluminiscente y la condición: esperar la luna nueva y dejarse llevar al otro lado de la isla, hacia la orilla del mar en bahía Mosquito, avanzar descalzos por el camino marcado con huellas blancas, lo único visible, y subir a tientas al kayak y remar con fuerza hacia un punto, el centro imaginario de la bahía, siguiendo al guía, o mejor dicho, al único punto de luz que brilla en la inmensa oscuridad..., no embestir a ninguno de los otros kayaks, << no es difícil, sólo sois cinco>>, dice el guía, ni perderse por los manglares que hunden su maraña de ramas y raíces en el agua salada bordeando la bahía, que se abre al mar con boca chica; seguir remando a tientas por la buena dirección sin dejar de mirar la negrura del agua. Entonces comienzan a surgir  chispazos bajo el agua, no exactamente: son formas fluorescentes de unos diez centímetros de largo que huyen en todas direcciones alejándose de la barca; lo hacen zigzagueando, rápidamente, casi como un relámpago. Son organismos acuáticos que reaccionan a las agresiones emitiendo luz. La impresión nos deja paralizados, aunque no por mucho tiempo: el movimiento que provocamos en el agua excita a estos seres abismales. Las palas de los remos se rodean de luz azulada tanto más brillante cuanto más fuerte azotan el agua.
Llegamos al centro de la bahía, un lugar embrujado, silencioso y oscuro como el cielo sin luna y tan destellante como éste, que aparece cubierto de estrellas. Ahora es el guía quien arrastra nuestras embarcaciones hasta quedar atadas a su kayak. Ignoramos su propósito y aguardamos expectantes la contemplación del próximo prodigio. Nos invita a introducir un puño en el agua y abrir bruscamente la mano. ¿Qué pasó?: Un ejército de millones de luces, como obedeciendo a una orden de mando, formaron al instante  una esfera perfecta y compacta de luz azulada. Todas las manos se convertieron en globos fluorescentes sumergidos bajo la oscura superficie del agua. No da tiempo a reaccionar puesto que desaparecen con la misma rapidez con que han surgido. Repetimos la operación como niños, admirados por semejante descubrimiento. ¿Qué ocurriría si nos lanzásemos al agua? ¿Nuestros cuerpos quedarían cubiertos de luz?<< Así es, pero no puede hacerse. Las bahías donde se permitía, han perdido bioluminiscencia. Pero hay algo... >> . De nuevo seguimos sus indicaciones: Tomar agua con las manos y dejarla caer sobre las piernas extendidas dentro de la barca. Oh, qué delicia: las gotas de agua se convierten en brillantes, una lluvia de brillantes que se deslizan por la piel desnuda. No puedo creerlo. Apenas reacciono y ya no los veo. Quisiera apresar esas gotas de luz que una vez más resbalan por mis piernas y desparecen en la oscuridad, en el fondo de la barca. No importa cuántas veces lo hago, me quedo mirando fijamente cada gota de agua transformada en un brillante mientras rueda por mi piel. No es magia ni es soñar despierto, es la cosa más dulce que querré recordar siempre, un momento de felicidad casi infantil.

 

La prodigiosa bioluminiscencia de la puertoriqueña isla de Vieques

 

Esta bahía de la isla caribeña de Vieques es una de las de mayor bioluminiscencia no sólo de Puerto Rico sino del planeta; un regalo de la Naturaleza.  

Fuimos unos privilegiados al organizar “Black Beard Sports" nuestra entrada a la bioluminiscente Bahía Mosquito una hora antes de la multitudinaria invasión: Al regresar a la orilla, desde donde nos hacían señales para orientarnos con la luz de una linterna, nos encontramos con una multitud que bullía en la oscuridad. Cientos de personas de diversas nacionalidades aguardaban su turno para montar en un barco eléctrico o en los kayaks,apilados en la orilla.
¡Un millón de gracias Black Beard! Una experiencia imborrable.

Tag(s) : #Naturaleza

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