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Delenda est Cartago
Delenda est Cartago

La ciudad a la que nos dirigíamos, daba igual cuánta historia encerrara, cuántos los héroes que habían luchado por ella, las veces que la habíamos imaginado, allí estaba, desnuda, vacía, desaparecida, restos de casas púnicas anteriores al 200 a. C, de varios pisos, se encontraban a los pies de la colina de Birsa, bajo la tierra hollada por los romanos; la tierra de una Birsa arrasada a conciencia, con una anacrónica catedral blanca, de un rey francés, en la cima, y un museo al lado. En esta ciudad se respiraba un ambiente desangelado e insustancial, puesto que allí no quedaba nada de la grandiosidad de la ciudad púnica encerrada en los libros de historia y de literatura, la de Amilcar Barca y sus hijos, Salambó, Asdrúbal y el grandioso Aníbal.

Esta sensación de vacío lo único que despertaba en mi memoria era el exiguo principio que cuenta Virgilio en su Eneida o la destrucción final de la ciudad descrita por Apiano.

Cartago nació de la mano de una mujer, Didon (la fugitiva). Esta princesa de Tiro vino a estas tierras huyendo de su hermano, el rey Pigmalíón, asesino de su marido. Llegó a un acuerdo con los autóctonos, los amazigh o bereberes, para la compra de un terreno que pudiera ser abarcado por una piel de toro; los amazigh no debieron contar con la astucia mercantil de la fenicia, que procedió a cortar la piel de toro en una línea continua. ¿Realmente fue así la fundación de Cartago? Al menos así dice la leyenda. Pero lo que cuenta la Eneida sobre el amor de Dido por el príncipe troyano… Eneas, que había huido de su país tras la destrucción de Troya, fue a parar a tierras de Dido, que se enamoró de él profunda y sinceramente. Pero Eneas, siguiendo el destino que los dioses le habían preparado como fundador de Roma, abandonó Cartago. Y Didon, desesperada, se suicidó echándose al fuego. (Esta versión de Virgilio implicaría que Didon se enamoró de un Eneas viejecito, trescientos y pico años mayor que ella, pues historiadores y arqueólogos sitúan la fundación de Cartago en el 814 a.C., es decir tres siglos después de la destrucción de Troya.)

Lo que sí se conoce con toda certeza es su final. Ocurrió en el año 146 a.C., cuando la gloriosa ciudad-estado, después de casi mil años de imperio –tras guerras mercenarias, púnicas, y de vecindad-, deja de existir. Y como cualquier disculpa es buena para romper la paz con el enemigo, he aquí que ¡Cartago se rearma! Lo de menos era el motivo: defenderse de los ataques de su vecino Masinissa (protegido de Roma), lo verdaderamente importante era que había llegado la ocasión de decidir la destrucción total de Cartago. Y comenzó con el discurso de Catón ante el Senado cuando dijo, Ceterum ego censeo Carthaginem delendam esse (Por lo demás yo pienso que Cartago debe ser destruída).El cónsul romano Escipión Emiliano fue el encargado de llevar a cabo la destrucción total. Y lo hizo bien. Él y su armada entraron a sangre y fuego en la ciudad. Durante seis días y seis noches incendiaron las calles que subían por la colina de Birsa, quemando casas, matando mujeres, ancianos y niños.

Y ahora, una mujer aparece de nuevo… Pero si Dido quedó unida a Cartago por sus orígenes, esta otra, esposa de Asdrúbal, queda unida en su desaparición. Este Asdrúbal (nieto de Massinissa, el rey númida que había hostigado Cartago atacando sus fronteras), nombrado por el senado cartaginés defensor de la ciudad, ofrece rendirse a Escipión a cambio de que respete su vida y la de su familia. Su mujer lo maldice, prefiere la muerte antes que rendirse. Y en ese instante coge a sus dos hijos en brazos y, al igual que hiciera Didon, se echa al fuego.

Y ahora sí, Delenda est Cartago

Delenda est Cartago
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Delenda est Cartago
Tag(s) : #Histórico

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